Huele a muerto.
Ese despiadado
hedor a sudor concentrado después de horas de trabajo, esos cabellos
desalineados después de pasar horas atorado en el complicado tránsito, esos
temores que vienen de repente porque no hay arrepentimiento ni intenciones de
perdonar lo hecho y lo dicho, esos recuerdos que son gratos pero de forma
agresiva quedan enterrados por el presente que está lleno de incertidumbre y
solo se sostiene con esa fe, con esos textos del que se dice una sagrada
escritura, tantas frases están ahí plasmadas para que el mundo este sereno
como: amémonos unos a otros, pero realmente se ocupan a conveniencia y esto en
la cotidianidad es ambiguo porque muchos rompen con núcleos, despedazan lazos e
ignoran las buenas intenciones.
Huele a
muerto pero no ese olor que se nos viene a la cabeza al pensar en devastación,
es un olor difícil de describir puesto que los que desprenden ese humor son personajes
fuera de sus cabales, tienen el corazón herido, tienen rencores acumulados,
tienden a creerse todo lo que les dicen, no admiten sus errores, no sienten compasión,
cierran toda posibilidad de dialogo, increpan hasta lo que tiene razón de ser,
amenazan al primer concepto que no se ubique en su contexto, realmente dios es
su pretexto para encontrar esa paz que derrumbaron e intentan reivindicar con
ayuda de esas lecciones que nos deberían tener unidos y solo dejan rastro de
huidas constantes.
Qué fácil
es tomar una bandera y ocuparla de forma equivocada cuando deberíamos ubicarnos
en nuestro lado terrenal para limar lo áspero de esta escalinata que comienza a
inclinarse más y más por nuestra temible ignorancia, por nuestra cobardía a
hablar y dejar constancia de nuestra fatigada pero incansable humanidad. Esas
excusas que nos hacen parte de un infierno son las mismas que nos tiene
alejados en este cielo que en ocasiones se despeja entre tormentas o vientos intrépidos.
La putrefacción
es eminente cuando nos resignamos a que las situaciones no tienen solución, cuando
no tratamos de enmendar esa vereda que está repleta de atajos y con historias
torcidas que hunden de forma increíble este pedazo de tierra donde puede existir
un poco de esperanza y saciar la sed que nos está dejando jadeantes ante los
esfuerzos de querer hacer sin mover un solo dedo. El olor es molesto cuando no
nos afligimos por el dolor que nos dobla en momentos en donde tratamos de
aparentar que todo es sol y flores, pero donde hay una pequeña brisa que se
trata de llevar la basura de nuestras calles singulares y míticas.
Huele a
muerto por esta indiferencia que ha reventado todos los conductos de bondad y
generosidad, las cicatrices son como grafitis que nos intentan comunicar algo
pero una interrogante nos lleva a otras, las contestaciones golpeadas solo
incomodan lo que creemos está en un territorio lleno de maravillas, la insatisfacción
se nota en los rostros cuando todo es hecho siempre con el mismo molde y la misma
receta, este olor no se quita ni bañándose con aguas mansas.
No permitamos
que este tufo se penetre en lo sensible de nuestros cuerpos, no dejemos que
nuestras insolencias sea un pretexto para construir una fosa común, si te
apegas a las palabras de tu fe que sea para recomponer todo lo que ha perdido
forma y domines esa terquedad que solo te ha dejado varado en supuestos dichos
que quizá estén saturados de falsedades y malas intenciones. Aunque te tapes la
nariz no dejaras de percibir ese olor hasta que calmes tus calamidades esas que
mantienen revuelto tu interior y no permiten percibir esa delicada y aterciopelada claridad.
Si algo te da comezón hay que saberse rascar.
Si algo te da comezón hay que saberse rascar.
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