Que no te das cuenta de todo lo que persigues y no consigues. Te callas para no causar malestares, buscas escabullirte para ignorar lo que otros alteran con tal de tener la razón, ya no te queda nada, ya no tienes alternativas, tienes que resolver de la manera que te incomoda, pero es efectiva. Intensificas tus pensamientos, quieres encontrar las palabras adecuadas para no quebrar la delgada línea que hay en un dialogo complicado, temes la peor reacción y esperas a que las visitas pasen y le den ánimos, la mayoría sale llorando y les das consuelo, ese que hace mucho se diluido entre rutina y desapego, ya no te importa, solo esperas el desenlace, quieres salir corriendo y sentir libertad. Pasan los días y no hay forma de entablar las preguntas que terminen con el tormento que te sacude desde hace años, necesitas saber la verdad y aterrizar esos insomnios en una dialogo interno que te de fuerzas, has imaginado la devastación total, mientras los visitantes no paran, es un desgas...
La cotidianidad emergía entre transeúntes y vehículos. Dámaso, madrugaba para emprender las puntuales boleadas a todos los oficinistas que lo conocían y apreciaban, antes de que tomara las franelas y las cubetas para comenzar con un arduo día en esa calle ancha y alborotada. El noble joven tenía un amplio margen para lustrar calzado por las mañanas y lavar coches después del medio día, así era el itinerario de Dámaso, de tan solo dieciséis años, que llego a refugiarse con otros en el parque y competir por sobrevivir en medio de edificios y boutiques. Entre mocasines y bostonianos, las mañanas pasaban, la bondad del jovial Laureano, dueño de una de las tantas torres, no se hacía esperar, señal de un desayuno seguro para Dámaso, además que todos los días le dejaba el automóvil para mantenerlo limpio y en perfectas condiciones. Laureano Montemayor, un personaje admirado en la industria constructora y miembro del club rotario del centro, de buen corazón, criado con gentileza, creye...