La cotidianidad emergía entre transeúntes y vehículos. Dámaso, madrugaba para emprender las puntuales boleadas a todos los oficinistas que lo conocían y apreciaban, antes de que tomara las franelas y las cubetas para comenzar con un arduo día en esa calle ancha y alborotada. El noble joven tenía un amplio margen para lustrar calzado por las mañanas y lavar coches después del medio día, así era el itinerario de Dámaso, de tan solo dieciséis años, que llego a refugiarse con otros en el parque y competir por sobrevivir en medio de edificios y boutiques. Entre mocasines y bostonianos, las mañanas pasaban, la bondad del jovial Laureano, dueño de una de las tantas torres, no se hacía esperar, señal de un desayuno seguro para Dámaso, además que todos los días le dejaba el automóvil para mantenerlo limpio y en perfectas condiciones. Laureano Montemayor, un personaje admirado en la industria constructora y miembro del club rotario del centro, de buen corazón, criado con gentileza, creye...
Festivo, alegre, risueño, así es Jacinto, no comprendo cómo pudo enloquecer, ahora es luz de aquellas celdas y obscuridad de lo que fuera su casa, podría pensar que fue su salida a las presiones económicas que viva últimamente, ya me imagino al pobre, ir y venir en ese espacio de cuatro por cuatro, envejeciendo y esperando a que su familia lo saque como pueda de ese horrible lugar. Hace dos semanas lo fui a ver, con esa vestimenta caqui y con las ojeras pronunciadas, parece que pronto desaparecerá de lo flaco que esta, al verme solo sonrío y me dijo uno de sus tantos chascarrillos, recuerdo que me dijo: “Ay compadre aquí el tiempo parece sermón de domingo, tan largo como pueda usted imaginar, pero aquí no se puede uno dormir, es como si fuera un reloj que marca las horas sin ser dueño del tiempo”. Sali confundido, no perdía su picardía, en sus ojos no identificaba esa maldad con la que ejecuto aquel asesinato, que realmente fue muy cruel y sangriento, yo fui testigo de tan atro...