Festivo, alegre, risueño, así es Jacinto, no comprendo cómo pudo enloquecer, ahora es luz de aquellas celdas y obscuridad de lo que fuera su casa, podría pensar que fue su salida a las presiones económicas que viva últimamente, ya me imagino al pobre, ir y venir en ese espacio de cuatro por cuatro, envejeciendo y esperando a que su familia lo saque como pueda de ese horrible lugar. Hace dos semanas lo fui a ver, con esa vestimenta caqui y con las ojeras pronunciadas, parece que pronto desaparecerá de lo flaco que esta, al verme solo sonrío y me dijo uno de sus tantos chascarrillos, recuerdo que me dijo: “Ay compadre aquí el tiempo parece sermón de domingo, tan largo como pueda usted imaginar, pero aquí no se puede uno dormir, es como si fuera un reloj que marca las horas sin ser dueño del tiempo”. Sali confundido, no perdía su picardía, en sus ojos no identificaba esa maldad con la que ejecuto aquel asesinato, que realmente fue muy cruel y sangriento, yo fui testigo de tan atro...
El Jadeo intenso de Abelardo era como el ruido de una locomotora, su gesto de emoción y excitación al verme ahí parada, mostrando lo que parecía un manjar. Me encantaba seducir al hombre que me conquisto hace treinta y nueve años, no dudaba en concederle sus deseos, pues me trataba como una reina, todavía me quedaban ganas de cumplirle sin tapujos. Él con un diagnóstico reservado, me complacía con todos mis caprichos, tenía cartera abierta, una mujer de sesenta años se merece una vida digna, serena y cómoda. Mi Abelardo de ochenta y cinco todavía tenía esa candencia, ese vigor de amar sin cesar. La primera vez que lo vi, me señalo y me llamo con una seña provocadora, era una noche fría de diciembre, necesitaba dinero para mandarle a mi madre y no perdí la oportunidad para cumplir con el objetivo, mi nombre en aquel entonces era Chantal, esas diminutas ropas atrapaban a cualquier sediento en un desierto de presiones interminables, ahí lo conocí, esa madrugada fue un encuentro sa...