Los gatos maúllan con insistencia, otra vez se escucha el rechinar de la escalera y no puedo moverme de este sofá maloliente. Hace dos semanas despareció la tía Celia, no es la primera vez que se extravía, sigo al pendiente de las llamadas y los reportes policiacos, estoy cansada, desesperada y no tengo respuestas. He tratado de ordenar cada rincón de la casa, pero mi alergia al polvo me tiene rendida, imagínense la cocina llena de cochambre, bichos rastreros y manchas imborrables en los azulejos, vivo entre el asco y la angustia. La soledad de mi tía se refleja en las telarañas interminables, la suciedad parece parte de la decoración, creo que desde que murió mi primo Benigno, no venía a este lugar que no es un hogar, es una pocilga. Apenas llevo dos noches aquí y quiero regresarme a mi departamento, no hay gas, ni internet, de milagro hay electricidad y línea telefónica, limpie un pedazo del jardín trasero e instale una casa de campaña para poder descansar de forma decorosa, ...
La soledad me abraza mientras me preparo mi torta de aguacate, sin razón aparente comienzo a llorar y quizá los recuerdos vienen de golpe y hacen que el cuerpo reaccione, comienzo a morder el pan de forma desesperada y no paro de pensar en cada episodio bonito de mi vida y de repente suspiro como si quisiera invocar a los espíritus. Me seco un poco las lágrimas y comienzo a cantar de forma descontrolada aquella canción que significa tanto y que pocos recuerdan. Mis manos están batidas de aguacate y comienzo a lamer mis dedos en ese instante de intimidad, de clandestinidad que muchos desconocen, el llanto cede por completo y sigo mordiendo el pan dejando migajas en la mesa, en este momento no importa la forma de masticar simplemente se goza. Podría comerme varias tortitas, pero también el abuso me traería consecuencias estomacales y prefiero reservarme momentos como el que acabo de experimentar donde las emociones florecen mientras muchos se rascan sus miserias buscando justific...