La urbe decadente estaba intacta por el viento de la humildad agotada y los plebeyos de la corriente impregnada de ególatras entristecían aquel parque. Entre la gente se distinguía un hombre alto y escuálido, era el hombre más reconocido del tan excéntrico sur, nadie podía amarlo porque era desconocido por el amor. En el otro extremo de la cera había una estructura imperceptible con un destino irrelevante pero temido era el ojo vigilante de la monstruosa e inagotable ciudad que se burlaba de la palabra felicidad. Era así como aquel hombre de extraña apariencia podía sacudir sus harapos y sentirse reconocido ante la justicia impuesta por un puño de tiranos. Así solo así ese hombre podía pertenecer a la mirada acusadora de un régimen desgastado y atrofiado. Los edificios de apariencia gris lucían una obscuridad infame habitados por sujetos de corbata y prejuicios que lapidaban a minorías y callaban sentimientos. Parecía tan cruel el destino de ese hombre tan efusivo con su mente tan...
Opiniones que pueden cambiar trayectos. Nevid Ascenci