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Manos descuidadas.

Hay razones que sacuden nuestro racimo de emociones que van directo al corazón. Nos volvemos ciegos ante la vertiginosa realidad que nos lleva a recorrer esos caminos insólitos por donde ya hemos pasado y quizá no nos importa que tan raspados, golpeados y marcados quedáremos ante  complicada decisión. Hay cuerpos que necesitan esa dosis de sufrimiento para armonizar las inquietudes y los laberintos que están ahí en esa mente perturbada y engañada en infinidad de ocasiones.

Cuanto temor está envuelto en estos restos de piel al momento de acariciar a nuestro dolor domesticado para que no muerda esas partes que están lastimadas y obedezca nuestros espinosos caprichos para que todos observen nuestra sonrisa inspirada en ratos de ocio oxidado entre promesas tan repetidas y esa soberbia provocadora que esta callada esperando la insolente hora donde todo se mezcle con la llamarada de sentimientos efímeros y que se reducirá en un frio dato que se alojara en la estadística de las exploraciones confusas pero placenteras.

Cuantas mentiras salen de esa boca que impone futuros maravillosos y promesas que no se cumplirán porque el tiempo es sabio y el aburrimiento es un fiel acompañante cuando las cuestiones no salen como se esperan y es mejor azotar la puerta para huir en busca de unos cuantos frutos que todavía no están maduros. La muralla está construida con tesón y afán para no ser molestado en este solemne territorio que se cuida con recelo porque las interrogantes son malvadas con este esqueleto frágil que sostiene y ese sistema nervioso que tiene más nudos que aquella enredadera que persigue con el objetivo de tragar y después vomitar.

Eres una princesa que vive en un castillo abominable, donde todo parece ser extraordinario. Vives con esos lujos inimaginables, donde tus órdenes son cumplidas al pie de la letra pero donde no encontraran un motivo para perseguir algo firme y verdadero. Has querido arrancarte el cabello por rebeldía, has querido deshacerme de esas joyas que te adornan, en la soledad te conviertes en plebeya donde besas a príncipes apuestos y plagados de perfección, te dejas encantar por sus educados gestos y te pierdes en ese corcel que no tiene precisión de elegancia. Despiertas siendo una mortal ingenua al descubrir que fue un raro sueño plagado de la miel con un aroma horrendo y cargado de sutil tristeza.

No juegues con tu amor propio, no lo pongas en esas manos descuidadas. No escapes del reflejo de esos espejos que solo te quieren contar quien eres, no te enfermes de locura cuando sabes que estas en plenas facultades mentales. Tus zapatos se han ensuciado de lodo pues aprovecha esos charcos que se han formado con la saliva que te ha querido difamar de forma amenazante.  Deja que tu dolor sea salvaje de vez en cuando, deja que coma de tus entrañas quizá se lleve lo que está descompuesto y después de tan feroz batalla te sentirás aliviada y esperando a que te vuelvan a señalar como una princesa inventada en busca de un soberano codiciado.

Intenta pasar por esas vírgenes grutas de encantos y existencia genuina. Busca en ese castillo que está esperando una gran fiesta y no frenes el desesperante impulso que te lleva a equivocarte y tener aciertos contundentes. Esas mentiras que se fermentan conviértelas en agua que remojen la tierra y nazcan amorosas acciones. Deja esa vestimenta de princesa y reconócete en este mundo donde no todos estarán de acuerdo y donde muchos prometen sin cumplir pero se la pasan riendo sin cansancio hasta que una bofetada los haga redimir.


Desnuda esas emociones y convéncete  de que sanaras de tremendo embate.

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