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Fex.

La urbe decadente estaba intacta por el viento de la humildad agotada y los plebeyos de la corriente impregnada de ególatras entristecían aquel parque. Entre la gente se distinguía un hombre alto y escuálido, era el hombre más reconocido del tan excéntrico sur, nadie podía amarlo porque era desconocido por el amor. En el otro extremo de la cera había una estructura imperceptible con un destino irrelevante pero temido era el ojo vigilante de la monstruosa e inagotable ciudad que se burlaba de la palabra felicidad.

Era así como aquel hombre de extraña apariencia podía sacudir sus harapos y sentirse reconocido ante la justicia impuesta por un puño de tiranos. Así solo así ese hombre podía pertenecer a la mirada acusadora de un régimen desgastado y atrofiado. Los edificios de apariencia gris lucían una obscuridad infame habitados por sujetos de corbata y prejuicios que lapidaban a minorías y callaban sentimientos. Parecía tan cruel el destino de ese hombre tan efusivo con su mente tan elocuente con su ser pero tan perseguido por su filosofía liberal y soledad misteriosa, él era el blanco de muchos porque valía más muerto que vivo pero lo dejaban vivir por el privilegio de tener en caricatura la palabra esperanza.

Corrían los días y los secuestros de las ideas no cesaban, la lluvia acida de críticas duras no paraban y la hora marcada llegaba ante el clamor del deseo por sobrevivir en la condena del desinterés, ese hombre era el candidato idóneo para una metrópoli aplastada por la indiferencia que se tomaba hasta en aquel sencillo vaso con agua. Las pancartas eran claras eran sacadas de un sueño sin escombros y sin daños a terceros y pedían una transformación insoluble a las condiciones presentes.

De pronto sujetos armados con grandes garrochas entraron a la escena haciendo de los gritos un silencio que se alejaba y provocaron una trifulca que se adueñaba de la incertidumbre, los ojos de desesperación fueron multiplicándose y los rostros deformados no se hicieron esperar, aquellos miembros del orden golpeaban con solo su caminar y aquellas banderas de entusiasmo cayeron diluyéndose con la sangre del miedo que corría por una enredadera que se perdía en los pies de los asistentes y ataba las manos con el inesperado llanto.

El hombre alto y escuálido se había desintegrado entre la incógnita y los hombres de cabezas enormes y cuerpos exagerados habían escapado entre las estrechas calles sin que nadie pudiera hacer algo y aquel ojo vigilante había dormido sin ser testigo de nada y de nadie. Las sirenas no se hicieron esperar entre el parque vacío y el ocaso de la tarde, todo era inconcebible en un momento que quizá era el decisivo y el verdadero.

Aquel hombre de nombre Fex fue llevado ante la corte de estricta actitud y controladora de los acontecimientos pasados y futuros. Aquellos semblantes no eran nada amigables y su consigna era maquillar la loca turbulencia de las voces que van a pie sin el poder que siempre otorgan.

Una campana sonaba era el aviso del juicio inevitable al tan asustado Fex, la hoguera de los millonarios y asesinos de cambios no se perturbaban por el crimen que iban a cometer, nuestro candidato era agobiado entre enojos y bullicio de burla, sus harapos eran arrancados y su reconocimiento era mutilado lo esperaba un traje nuevo, una corbata de seda y una peluca conformada por un gran copete que no dejaría ver la las posibilidades del presente, si Fex sería otro y de pronto entro un cuerpo de hombres de apariencia fría y actuar rudo lo tomaron de las extremidades y le inyectaron de algo llamado olvido y egoísmo.

Después de unas horas el delgado hombre estaba en el punto donde fue privado de su supuesta libertad y su mensaje no cambiaba pero la manera era diferente, algo opaca, demasiado increíble, pero el apoyo continuaba al tan aclamado Fex, la gente hacia vallas de alegría y sincera confianza, pero el escuálido no recordaba nada de lo que fue y de lo que pudo ser, era víctima del ojo itinerante y castigador a las mentes abiertas, al ser diferente, al humano por convicción.

El despertador sonó de una manera brutal, la luz se encendió y una cruda realidad estaba en aquella ventana, un susurro termino por hacer reaccionar a aquel joven de sueños inconclusos y de coincidencias extremas al tiempo en él vive.

Al asomarse y ver aquel paisaje desolador se cuestionaba: ¿si aquello era un sueño? ¿Qué es esto? Y si alguien está soñando este momento que será de mi si despierta como yo lo he hecho.

Sus ojos parecieron humedecerse y por inercia prendió el televisor y vio en pantalla a un hombre de traje nuevo, corbata de seda y un gran copete.

El solo rio.


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