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Tonta oquedad.


Parecía que todo se desvanecía mientras aquella boca gesticulaba palabras que yo no comprendía por mi nivel de estrés.
 
Aquellos huecos eran interminables unos eran más profundos que otros, estaba en proceso de rellenarlos con todo aquello que se pudiera pero estaba destrozado y no tenía la coordinación necesaria para hacerlo. Mi coraje estaba provocándome una congestión de pensamientos negativos mezclados con lo que mis ojos percibían y no creían.
 
Trataba de conquistar lo que alguna vez fue mío y cultive con un silencio que me evocaba al todo por el nada, veía perfección cuando esta no existe ni en la naturaleza, corría para ver un nuevo atardecer junto a la libertad sin tapujos. Hoy mis pies y manos están colapsados por caminar un sendero con respuestas repletas de ilusiones y por aferrarme a los trozos de lo que fue mi inmensa embarcación donde todo era festivo, sereno y verdadero.
 
De repente un iceberg destruyo tan inimaginable aventura y me dejo en las aguas heladas haciéndome respirar con toda mi paciencia para no morir en un lugar desolado, en mi lucha por conservar la calma lloraba  ante los cuerpos que no sentían mi presencia, nade por horas entre pesadillas y emociones inexplicables hasta llegar a la orilla sin encontrar razón.
 
El tiempo paso y los golpes fueron sanando hasta que un día me encontré con el extraordinario capitán que aquel día desapareció en el hundimiento de mi plenitud, no sabía cómo enfrentarlo, si reclamarle o agradecerle, solo me emocionaba al saber que el dio la orden para abordar los botes de emergencia para que me salvara con todas mis pertenencias y mírame aquí preguntándome tantas cosas y queriendo reconquistar el momento.
 
De repente aquellos labios dejaron de moverse y el bullicio me hizo reaccionar, todavía amo lo que fue y lo que es, quiero recuperarlo pero ya es algo imposible, necesito saber escuchar  lo que yo siento pero eso es una fantasía generada por mi terquedad que disfrazo con decir: estoy bien. Mis lágrimas mojan mi rostro dejándome inconsciente ante aquella brutal explicación que no puedo abatir con sentimientos puros y limpios, convirtiéndome en una víctima del desamor ensangrentada y sin remedio de salvación, trate de hacer trincheras para salvarme de las embestidas que provenían de  mi necedad transformada en calamidad solo por pensar que todo sería como antes.
 
 Mira cuantos agujeros tengo que tapar con lo que ahora estoy construyendo, ahora que la claridad ha llegado observo que las cicatrices son espantosas, estos huecos son testigos de mis tantos sufrimientos y mis sueños pendientes. Necesito descansar para que la fuerza vuelva y siga restaurando este huerto.
 
Esta fue la tonta oquedad que construí  para resguardarme de la guerra que yo desate, en la que deje de existir mientras mi ejercito de sentimientos moría, mis emociones se paralizaban y mis decisiones eran nulas ante el bombardeo que hasta ahora no ha cesado porque no he dado la instrucción para que todo termine  y mientras yo trabajo a ratos para dejar parejo este campo, aquellos valientes soldados impulsados por  mi imaginación quieren arañar la imagen de aquel personaje que provoco mi demencia y me convirtió en un ciego, en un simulador de buen escucha, en un  atroz puño de  desesperanza y de constantes equivocaciones.
 
Ahora que me estoy duchando y estoy limpiando cada rincón de mi sensato ser,  descubro  mi tersa piel que espera resurgir de las historias que  en penumbra escribí  en aquella terquedad que sigue impulsando mi rebeldía y no recuerdo si di la orden para interrumpir el fuego, solo observo un cielo que se ilumina constantemente  por las bombas, las luciérnagas o mis ilusiones mientras estoy cubriendo esta  oquedad imprudente, para  después correr y perderme entre lo que es y será.

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