Brazos insuficientes.
Las decisiones de vida son
las que nos llevan al cielo o al infierno, son las que nos hacen volar o
quemarnos.
Hace diecisiete años determine
salirme de casa con aquella maleta vieja y mis ilusiones adolecentes, era muy temprano
cuando tome el impulso, mis movimientos sigilosos y el sueño de ellos era
profundo.
Salí sin mirar atrás, camine
lo más rápido que pude, en ese momento dejaba amigos, tardes de futbol,
estudios a medias, obligaciones que no me correspondían, deje ser la tapadera
de las acciones de otros, quizá era el sostén de la inmadurez y el colchón para
amenizar sus tropiezos para evitarles raspones que después tuvieron que
sentirlos con todo el rigor.
Cuando estuve lejos de aquel
lugar, me detuve por horas pensando que sería de mí, a quien acudiría, no quería
causar preocupaciones a los seres que amaba. Después de tres horas me traslade
a la casa que me vio crecer, toque el timbre con miedo una y otra vez, hasta que
abrieron aquella puerta blanca. No me negaron la ayuda, los cuestionamientos
eran constantes pero respetaron mi silencio y me dieron la fuerza para retomar
mi andar.
Mi escape repentino fue porque
no estaba de acuerdo con el entorno donde yo debía ser el beneficiado y resulte
lo contrario, me exigían lo que yo no debía resolver, al final de cuentas fui
saqueado, me vieron como el salvador de un escenario desarticulado por acciones
erróneas y actitudes nefastas. Yo solo permitiría que la vida me golpeara y
nadie más, fue cuando aturdido por los tiraderos de argumentos insensatos fui excavando
hasta ver la luz y gritar mi libertad.
Mi corazón perdono pero no
olvido y la amnesia persiste en algunas mentes. Me he cuestionado muchas veces
porque quien debía tenerte como su mayor tesoro eligió otro rumbo y soltó al vacío
aquellos pedazos de vida y los dejo caer sin temor a que murieran en el trayecto,
porque no le importo a donde iban, quizá pensó que sus brazos eran suficientes
para alcanzarlos y recuperarlos en el momento que el tiempo lo exigiera y no fue
así.
Ahora se dan cuenta que tan
importante es tomar decisiones precisas en los momentos correctos, que hubiera
sido de mí, podría haber tomado el camino de la vagancia y las drogas pero
siempre supe que eso no iba conmigo y que tenía el talento necesario para
realizar otras cosas, también reconozco que he tomado malas decisiones y las
lecciones me han dejado marcas, he descubierto la ingratitud y eso lo que
detesto de sobremanera.
Son diecisiete años donde he
afrontado mi realidad, he padecido catástrofes, me he levantado de batallas, de
noches heladas, de ofensas increíbles, de explicaciones ambiguas, de mentiras
tiranas, de perdidas incalculables y aquí sigo esperando con serenidad lo que
venga. También todos estos años me han enseñado a valorarme, comprender que la
familia estará hasta el final de mis días, que la palabra amigo es exclusiva,
que debes devolver a la vida parte de lo mucho que te ha brindado, que si hay
problemas debes buscar la solución, que solo debes dar explicaciones a quien lo
merece, etc.
Encuentros y desencuentros,
tristezas y alegrías, risas y lágrimas, errores y aciertos, tantas situaciones
que un ser humano tiene que experimentar para forjarse una historia genuina y grata. Las
arrugas y las canas se asoman pero con la dignidad de digerir la vida sin
cargas inútiles y con aspiraciones auténticas. Me ocupo tanto de mi vida como
puedo y quisiera recuperar minutos, personas, palabras pero no puedo porque mis
brazos no son tan largos como los imagino.
No vivamos de los escombros
que los años nos han dejado, vivamos de lo que hemos construido.
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