Veintiocho mil ochocientos treinta y cinco días.
Nunca olvidare el día que todos me dijeron que
nunca se marcharían. La casa quedo con las puertas abiertas y con esa paz que
se percibe en el olor peculiar que emana la madera de las escaleras, ese
comedor que ahora le sobran sillas, esa sala que parece esperar la bulla de
toda esa gente que me cobijo con promesas que con los años se han ido
degradando. Enciendo el televisor y veo la guerra entre los buenos y malos, los
poderosos y los desprotegidos, los terroristas y los gobiernos descompuestos.
La desgracia ha cubierto los escenarios coloridos y de esperanza.
Entre todas esas guerras esta la mía. Mis manos
arrugadas retocan este cuadro de flores ingenuas en busca de una efímera razón
que las haga vivir mientras los bombardeos no cesan y la desolación alcanza la
inocencia. Mis ojos cansados buscan con ansiedad esos muñecos de porcelana que
parece me hablaran y suplicaran mi
atención pero es parte de los recuerdos que con el paso de los días son
recurrentes y reflexivos, esa música que tanto nos gustaba suena en cada
habitación como si estuvieras merodeándome y vigilando mi existencia, he
intentado emular tu sazón y te confieso que sigo experimentando para que algún
día mi paladar se sorprenda.
Aquellos pimpollos que alguna vez cultivamos se han
ido marchitando e intentado por todos los medios conservarlos, he llorado y no
encuentro cura para detener el deterioro de estos árboles que nos dieron sombra
y épocas de alegrías inmensas. La única que florece de forma puntual todos los
meses de julio es nuestra pequeña Clau que me cuida incondicionalmente en esta
inmensidad, aunque me hace enojar cuando
por alguna razón se achicopala o se pone rebelde, pero con mimarla y ponerla al
sol basta para que tome de nuevo su firmeza.
La guerra ha dejado corazones heridos, hipocresías
a la intemperie, lealtades al descubierto, verdades ensordecedoras, huecos
clausurados, huidas intempestivas, resentimientos rezagados, enojos
intencionados, lágrimas sinceras, resignación sin espera. Esta refriega me ha
hecho descubrir territorios que me han asombrado, capacidades que he explotado,
he conquistado sitios insospechados, he reafirmado el respeto que mi tropa me
tiene, he saciado mi hambre de triunfo buscando nuevas rutas y voy acompañado
de estos fieles artilleros que han tirado muros y vencido juicios aplastantes
construidos con voracidad de mentiras.
El sosiego en este campo de batalla lo encuentro cuando
evoco aquella estación del tranvía, aquellas calles de Santa María, aquel aroma
de mi madre, Aquella camisería y fuente de sodas donde me preparabas ese
exquisito café y aquella vez cuando aceptaste mi invitación para ir al cine. El
placebo que me provoca cada minuto de mis veintiocho mil ochocientos treinta y
cinco días me hace intuir que hay algo nuevo que aprender. Mi presión arterial
es caprichosa y me acompaña a cada una de mis nuevas aventuras, con la nobleza
que me caracteriza, con esta inquietud que no termina.
He querido escapar pero no puedo claudicar. Observo
entre la celosía cuanta vida me queda todavía, queda hojarasca regada, perfume
a albahaca, un patio que espera la lluvia sin pena. Ahora sé que todo es
temporal, que mi estancia aquí es pasajera y aunque me cale el frio no
titiritare. No rezongare más por esas ausencias que son claras y ahora
comprendo que serán eternas. En esas guerras de balas y sangre también hay
historias incesantes, que desconocemos por la indiferencia que hemos
engendrado, que hemos cambiado por aparatos con tecnología en mano, solo espero que no comulgues con el
olvido que ahora hace estragos en mí y quiero confesarles que con cierto
capricho recuerdo esas cansadas espaldas cuando se alejaban sin importar en
aquel instante mi sentir y que promulgaron mi nueva forma de vivir.
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