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Somos los insectos.


Alguien pateo el avispero que hay en mi cabeza. Observo como las mojarras se alimentan de aquellos pedazos de pan que son arrojados por un ermitaño que tiene miedo a enfrentar al mundo, también hay borregos que persiguen a su pastor con leal cariño, miro con detenimiento como las libélulas merodean el tranquilo pastizal que oculta un ciento de insectos que interactúan con cierta sutileza para subsistir.

Las hormigas rondan mis pies desnudos con cierta curiosidad, siento sus pequeñas patas que trasmiten una armonía refinada en estos tiempos de indiferencia, las abejas y sus zumbidos hacen una melosa melodía que indica que es un día soleado que invita a practicar aquellos monólogos que me han dejado perplejo en esta ironía que tiembla en tus ojos al perseguir estas letras, y sientes como se te hinchan las venas como si estuvieras haciendo esos esfuerzos placenteros que provocan la expulsión de todo aquello que introdujiste ayer a tu cuerpo con el fin de complacer  a tu desgastado paladar, y en tus afanosos intentos por salir airoso de tan chusca escena recuerdas que  detestas la textura de los higos y el sabor de la mayonesa, que prefieres un trago de vino tinto o  un pedazo de carne empanizado para sobrellevar el hambre del medio día.

El olor del pasto me lleva a crear a personajes como tú, con esas ambiciones de estar en un sofá observando cómo el mundo es un manicomio en llamas, donde las balas son las plumas de una realidad que relincha con ese miedo atroz y esa desesperación que solo tu sientes cuando las venas se resaltan en tus piernas cuando subes ese montón de escaleras  que te llevan al set donde eres el protagonista en calzoncillos, después de pasar horas al volante. Ahí en esa pequeña mesa está el rompecabezas inconcluso del día que las tropas alemanas desembarcaron en Normandía, pero tu concentración esta solo en escuchar esa melodía de Vivaldi que te tranquiliza después de que las cosas no han salido como esperabas en este día caótico, el pantalón cae al suelo y llego la hora donde el rey aparece y muestra sus pasos de vals con tal de sentirse liberado y aplaudido por sus creaciones que son un público conocedor de la locura. Después de tan sui generis relajación, abres tu portafolios y buscan con desesperación esa libreta mugrienta pero sagrada, pues ahí están los datos más espeluznantes de tus observaciones, sabrás cuantos carros azules viste, cuántas mujeres con zapatillas blancas contabilizaste, cuantos sorbos dio tu jefe al café mientras hacia el reporte mensual y cuantas veces tu compañero repitió el mismo par de calcetines durante todo un mes.

Ahora tengo comezón por todo el cuerpo y comienzas a sentir lo mismo, quizá porque tu imaginación es incontrolable o porque quieres ser parte de un relato y descubrir si fuiste la creación de alguien, en un tiempo de ocio o en un elocuente minuto de inspiración.  Los mosquitos ya han hecho de las suyas en mis brazos, varios piquetes se ven a simple vista y eso indica que es momento de partir hacia la jungla de concreto para enfrentarme a los dinosaurios, vacas, lagartos, zorros, sapos, elefantes, escarabajos y uno que otro mono, es cuando el avispero cae al suelo  y de un brinco despierto.

Visualizo el techo y percibo que está lloviendo mientras los perros ladran. Esas mojarras que se alimentaban ahora están en una sartén siendo la ilusión de algún comensal, el ermitaño termino muriendo con sus secretos, los borregos esperan cautelosos su destino, las libélulas siguen buscando con fervor su alimento y nosotros estamos en ese pastizal, somos los insectos que intentan subsistir con sigilosa y autentica exactitud, pero no sabemos de lo importante que es el tiempo.

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