Carniceros.
Los días son
estrofas de un himno que no tiene sentido, porque nos da calor, despertamos
tarde, nos quedamos nostálgicos al mirar las nubes, posamos en todos los muebles
posibles, escuchamos los ruidos de la calle y nada nos satisface. El insomnio
revienta nuestro plan de pasearnos en las olas, dejándonos en la orilla de una pesadilla,
es complejo cerrar los ojos ante la atmósfera bochornosa y los estallidos de
ideas sin una corriente dispuesta a romper los dichos en los que se basan los
de la verdad y mentira absoluta.
Nos hemos vuelto
carniceros de nuestro tiempo, ya no nos asquea el olor a sangre, ya no le
tememos al rojo, el destazar figuras deformes formadas por pensamientos bondadosos
es una obligación ante las presiones del mundo, el tronar los huesos de lo que creemos
una estructura firme es una competencia insensata, los lamentos se convierten
en una melodía repetitiva y que nos afianza en los charcos de pocas ilusiones sinceras.
Esa carne, es lo abstracto que llevamos de un lado a otro sin sentir cansancio,
es un cargamento de nuestro silencio, de nuestra crueldad y de la falta de objetividad
que presumimos por ignorancia.
Las ofertas están a
la orden del día. Caminamos por los amplios y surtidos pasillos para descubrir
que se nos apetece y entre lo almacenado nos encontramos, envases con la leyenda
de amor por un día, frascos que dicen violencia sin medida, empaques de corazonadas equivocadas, bolsas
llenas de ansiedad por regresar al pasado, cajas repletas de excusas reiterativas
y la lista es extensa, mientras nos sentimos perseguidos por sombras indefinidas,
escuchamos pasos y con prisa tomamos lo que se nos aparece en nuestro andar y
nos damos cuenta que no era lo que necesitábamos.
Las opiniones que vertimos
en este envase, forman una pasta gruesa de descalificaciones, criticas,
molestias, urgencias, que no termina de cuajar porque todos quieren opinar. Pasamos
por todas las profesiones sin tener las aptitudes y es cuando sucumbimos y
tomamos el delantal con un blanco indescriptible, afilamos los cuchillos y nos
nombramos el mejor carnicero de la zona. Comenzamos por destripar esos intensos
sueños, le quitamos la piel a los talentos ocultos, insistimos en rebanar delicados
trozos de verdad y nos vamos manchando con el pesar de que salpicaremos y dejaremos
rastros de nuestra lúgubre labor.
Nuestros finos cortes,
se venderán al mejor postor, quizá por semana, por quincena o por cómodas
mensualidades, es así como todo estará controlado en nuestro tesón de tener la razón
y ser el mejor, cuando por soberbios, no nos damos cuenta que hay miles haciendo
lo mismo. Es por eso que deberíamos de cambiar de giro y olvidar de ser
carniceros abstractos, ya que esa profesión es un éxito en millones que no permiten
avanzar y tampoco quieren seguir adelante. Quizá el día de mañana queremos ser recolectores
de esperanzas y estas escasearan, por eso hay que ser únicos y tener una versión
excepcional de lo que queremos proyectar.
No maltrates, no
grites, no violentes en lo obscuro y en la luz te creas el ser inmaculado, el
que es amable con todos, el que siempre tiene un gesto de generosidad. Si, todos
tenemos días malos y buenos, pero seamos equilibrados y cuando sientes amor que
sea de verdad. Ahora quítate el delantal manchado y tíralo, acepta que no eres
perfecto y evita provocar escenarios de inestabilidad. Sigamos nuestro camino por
donde haya mercaderes con productos básicos y que nos hagan trascender, que nos
alimenten el alma y que nos ahuyenten de cualquier calamidad.
Y si nos manchamos,
que sea porque jugamos a la vida sin miedo a morir.
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