Cuento: "El enemigo".

 

Una mesa repleta de platos sucios y vasos a medio llenar, una acumulación de polvo inusitada, una estancia descuidada. Ahí permanecía Eulalia Solares, una enfermera que estaba gozando de sus primeras semanas de jubilación, después de treinta y cinco años de servicio, pero eso no era excusa para detener su hiperactividad, pues los viernes estaban asignados para jugar cartas, música y conversaciones entre amigas. Viuda desde hace diez años, orgullosa madre de un concertista reconocido de chelo y abuela de una adolescente prodigiosa para manipular el piano.

Todo estaba planeado para que la vida sonriera, fuera de paz extrema y condiciones privilegiadas. Las próximas vacaciones serian a Austria donde permanecía el adorado Bernabé y la hermosa Gabriela. Todo parecía estar en orden, pero esa mañana Eulalia se sintió con el cuerpo cortado, desanimada, con un cosquilleo en el pecho, tres días antes había inaugurado los fines de semana de juegos, estaba muy confiada que el virus devastador, no entraría por ningún motivo, pues todas sus compañeras en activo tenían la precaución de tomar las medidas necesarias, como cubrebocas, gel antibacterial, aerosol desinfectante, ella pensó que sería parte de la resaca acumulada por el tabaco y el tequila.

Si, las primeras semanas fueron de excesos, pues por veinte años, no hubo forma de gozar del tiempo, pues las responsabilidades en la jefatura de enfermería eran absorbentes, después la muerte repentina de Higinio, la partida de Bernabé y la falta de emociones hicieron de Eulalia una mujer con amargura y poca disposición para consentirse. Hasta que conoció al licenciado Palacios, un penalista recién egresado y con un futuro prometedor, ya que su familia era reconocida en la comunidad jurista, es así como la juventud golpeo de forma abrupta el sosiego itinerario, para dar pauta al descubrimiento de la diversión, de esta manera, comenzó a salir, a conocer lugares, a darse ciertas atribuciones para su persona y su alma acorazada. 

Todo era maravilloso a los sesenta y dos años, un retiro remunerado, un amor apasionado, un círculo de amistades que encajaban en los intereses de la renovada Eulalia, pero no contaba con esos síntomas amenazadores. Los días pasaron, las cosas empeoraron, pues la tos seca era intensa, la fiebre constante y los mareos eran repentinos. Eula, como le decían sus amigas, no permitiría que su mundo perfecto se derrumbara, decidió asilarse, invento que estaba ocupada tomando unos cursos de francés y cocina, que por el momento todo quedaba suspendido, hasta nuevo aviso.

No tomaba llamadas, no abría la puerta, al menos fuera el repartidor de comida, desistió de su empleada doméstica, pues la situación era crítica, detuvo la remodelación de los baños y opto por encerrarse en una habitación, donde se encontraba un sofá cama y una televisión de cuarenta pulgadas, es ahí donde el miedo crecía y la incertidumbre era una cruel realidad. Ojerosa, delgada, desalineada, ahí estaba Eulalia en medio del almacenamiento de trastos apestosos, con su aspecto harapiento, su jadeo persistente y sus excusas increíbles. El único que sabía de esta tragedia era Fernandito Palacios, su puntual amante y su paño de lágrimas, obvio que las circunstancias alejaron al joven abogado de la hecatombe que se veía venir.

Las amigas no insistieron más y la dejaron de buscar. Habían pasado veinte días desde los primeros síntomas y todo era desolador y lúgubre.  Eulalia, ya no contaba con las mismas fuerzas, el despertar era un triunfo, el asearse era un milagro, en ningún momento pidió ayuda, no quería que la vieran derrotada y en esas condiciones de abandono. Después de treinta y cuatro días, la empelada domestica regreso, Rosita consideraba que habían pasado muchos días, creía justo que la casa necesitaba limpieza profunda, toco el timbre y no hubo respuesta, ocupo el juego de llaves que le dio su patrona en caso de emergencia, entro como siempre por la puerta trasera, abrió con el clásico truco de la reja y entro a la cocina donde parecía un campo de guerra, la sala se encontraba intacta, el comedor con el frutero vacío, no percibía ruidos, el miedo se apoderaba de la inocente Rosita, después de unos minutos de inspección y duda, bajo las escaleras que llevaban al estudio y ahí estaba Eulalia en el sofá, pálida, escuálida, sin reacción, solo con un silbido profundo que venía desde el pecho, de forma trompicada, Rosa llamo a una ambulancia, la cual tardo treinta minutos, mientras los rezos eran persistentes y las manos sudorosas eran protagonistas en aquel lugar obscuro pues las cortinas eran gruesas y pesadas.

Después de dos días la enfermera jubilada comenzó a reaccionar favorablemente, infinidad de estudios, entre ellos el del famoso covid, que sorprendentemente resulto negativo, pero algo en la sangre de Eulalia corría sin cesar y estaba envenenando su cuerpo, era ricina, ella había ingerido algún alimento envenenado con esa sustancia. Ella, trataba de recordar cuál era su dieta diaria y explico que siempre pedía lo mismo, un consomé, arroz y una pechuga asada, que su desayuno y cena consistían en los chocolates almendrados, que le enviaba su novio cada sábado desde su jubilación y que además el susodicho estaba haciendo los trámites correspondientes para terminar con la sucesión testamentaria del difunto Higinio.

Las sospechas comenzaron a retumbar entre las amigas de Eula, era un tema de conversación constante, hasta que Mercedes pidió a las autoridades, se realizara un estudio a los inofensivos chocolates y ahí estaba concentrada toda la verdad, el veneno estaba justo ahí, cada mordida representaba un final terrorífico, era inminente el diagnostico, el hígado y el estómago de la enfermera estaban comprometidos y no había forma de salvarla, para ese momento Fernando palacios ya era prófugo de la justicia.

Eulalia, pidió a sus amistades la llevaran a casa y la frecuentaran para ir poniendo en orden sus últimos deseos, así pasaron seis meses. Rosita paso de ser una simple empleada de entrada por salida a una asistente en todos los sentidos. El divorciado Bernabé llego junto a Gabriela para formalizar el fin, de esta forma trascurría la pandemia para la familia Melgar Solares, mientras las estadísticas crecían, el virus no cesaba y la muerte se daba su tiempo para llevarse a todo aquel que era merecedor del desenlace. Días después se supo que el mañoso licenciado, de falso amor, estaba intubado con un pronóstico catastrófico, mientras ella se debilitaba y sabía que era cosa de días para arreglar cuentas con el mequetrefe de Fernando, pues seguro en el más allá se encontrarían.

Una  semana antes de que llegara el invierno, llego un Chelo y un piano, los maestros en dichos instrumentos comenzaron a tocar y ensayar unos villancicos, de esa forma llego el último suspiro, Eulalia se fue enfriando mientras esas cortinas permanecían cerradas, como desde ese día que decidió apartarse, porque pensó que el enemigo microscópico había llegado para quedarse, cuando irónicamente  el dulce de los chocolates, le quitaron días esperanzadores, se la llevaron poco a poco, no sabremos en que termina todo este arguende, esta confusión, porque los protagonistas tienen una cita con el destino, gracias a que la catrina hizo una jugada magistral, de esta forma concluimos: no sabemos cuál será nuestro final, cuando irónicamente quizá  hay algo por comenzar.

 

 

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