Treinta y un días.
Llegue al crudo
invierno. Veo el cinismo de la arrogancia que te cobija, ejerces la
indiferencia y suprimes todos los recuerdos, es posible que el nerviosismo te
traicione, te lleve a la orilla de lo que parece una trinchera olvidada, ahí te
quedaras inmóvil esperando que se esfumen los peligrosos síntomas y evites que
se descubra la maraña del pasado con todos los vicios remarcados. La temperatura
es muy baja y apenas te alcanzas a cubrir con esa vieja manta, tus cabellos revolotean
con el soplido del viento, parece que estas rezando y mueves tus pies con
ingenuidad, intentas pasar desapercibido, pero sigues siendo un ente misterioso
y miedoso. Permaneces acurrucado, intentas no mirarme y tiemblas como si
estuvieras en medio de un sismo, quizá tengas hambre, quizá estes actuando para
que me aleje y no te hable, eres un enigma que no florece ni de milagro.
En el horizonte veo
como los caminos son blancos, no hay nadie que ofrezca una bebida caliente, te
dejo titubeando, salgo de ese agujero que pronto será tumba, me arrastro, la
niebla es densa y mi cuerpo esta resintiendo la travesía. Te quedaste quieto en
esa fosa donde careces de serenidad y de elocuencia, espero salgas a tomar un
poco de aire, te des cuenta de que la locura te esta invadiendo, mientras
camino pensando en que del otro lado encontrare a la primavera, tendré la oportunidad
de desafiar una vez más la vida, procurare escribir un poema de vez en cuando
para no olvidar ese amor que tanto condenaron, intentare recapacitar y buscare
una alternativa para rescatarte y llevarte a la templanza que ahora desconoces.
Intuyo que pronto esta incertidumbre terminara, mis piernas ya no reaccionan,
han sido semanas de esfuerzo y estoy perdido en un increíble lienzo de blancura.
Quisiera regresar y
abrazarte, pero ya no se como retornar a lo que era tú única opción de supervivencia,
ahí en medio de tus delirios, de tus siniestros ataques de pánico, estoy lejos,
ya no sé cuál será el desenlace, escucho como las montañas se desgajan, en algún
momento terminare sepultado bajo toneladas de nieve, seré parte de las estadísticas,
al menos me conservare intacto gracias al frío. Pasaran los años y alguien tendrá
la fortuna de descubrir mis restos, me identificaran y dirán que fui un desobediente
por venir a lo que parece el lugar mas apartado de la civilización, nadie sabrá
que estaba huyendo de una fuerza pasional que no comprendía la verdad, una
insistente osadía que quería arrebatarme mi serenidad, una presencia que vivía de
su pasado y que forzosamente quería un poco de mi energía, pero los intentos
eran inútiles porque no existía amor ni compasión, solo había frustración y resignación.
La muerte vendrá a
refundir esos episodios que no tenían sentido en una urna, se los llevará para
que no se repitan, será una cómplice eficaz. La tranquilidad en ese momento me envolverá
y me cubrirá de gloria, mientras aquel arrogante también en huesos estará en lo
que fue su trinchera preferida y tú estarás viviendo un arrepentimiento constante
en este invierno que será eterno en tus cientos de pensamientos y pesares, no podrás
salir de este párrafo que quedará inconcluso, porque no me interesa seas parte
de mi nueva historia.
Diciembre liviano y
pasajero. Días de celebraciones infinitas y de voces incesantes, de cuerpos
satisfechos, de confesiones nítidas, de horas selectas. Treinta y un días de
placeres indescriptibles, de noches largas y de esporádicas bohemias. Las felicitaciones
no faltaran, esas que son honestas, palabras de sinceridad absoluta, abrazos
que son un símbolo de franqueza y esos besos que son señal de que sigo vivo en tus
deseos cohibidos y de recalcitrante perpetuidad, ahí sabre que tan crudo es el
invierno.
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