Reverdecer.

 

Para ese entonces las razones comenzaron a reverdecer. Eran las cinco de la tarde en punto cuando caminaba por aquel lugar que se distingue por aglomerar una infinidad de historias, esperando las nuestras coincidieran para determinar cómo seria ese atardecer, esa explosiva coincidencia de emociones deslumbrantes, pero no llegaste me dejaste en esa esquina desolada y fría. No asististe porque la invitación jamás te llego y se quedo en medio de una discordia abrupta sin sabor y sin color, mis múltiples escenarios se han venido abajo, los he sometido a juicios insistentes y los he condenado a enmudecer.

Me fui lloriqueando por esos arcos que conforman el alrededor de la gran plaza, me regrese por las calles que alguna vez caminamos, observe como las luces me iluminaban el rostro y permanecí perdido con esa sensación de tener mil tentáculos sometiéndome a lo ruin de un naufragio mientras el capitán escapaba a la orilla de aquella isla repleta de escapes macabros y gracia plena. Nuevamente me encontraba en un agujero, que solo tentando podía saber que estaba atrapado en una especie de tobogán viscoso, era una sensación incontrolable, era una ironía planeada, era una vez mas el comenzar a disipar la conciencia, esa era la única oportunidad para salir a la superficie.

Una voz rasposa de repente comenzó a decir frases incomprensibles y me de vez en cuando me susurraba, vamos a cantar, no hilaba la petición con tan oscuro momento, mis ojos se esforzaban para ver lo que acontecía en ese espiral de dimes y diretes, de pronto salí expulsado, ahí estaba en una situación drástica, tendría que enfrentar a las aves hambrientas y a los pequeños insectos que me acechaban, era comenzar la lucha o quedarme en huesos y tome la decisión de correr, pisar, manotear para que todos esos factores imaginarios no me terminaran matando de una ansiedad indebida.

Para ese entonces las lágrimas se habían convertido en un amplio lago en el que fui nadando hasta encontrarme con el que fue un verde valle, ahí estaba la soledad sentada sobre una roca, le hable y no me respondió, le conté todo lo que me ha pasado y no se inmuto, la abrace y su indiferencia me hizo sentir un desconocido en ese lugar. Me incorpore y otra vez aparecía en ese kiosco, escuchaba esa música incesante y veía esas caras alegres, esto no era un sueño, era la realidad que me golpeaba y me daba unos jalones de prudencia.  

Percatándome que todo era real, fui en busca de la arrogancia y el desaire, pero por ningún lado los encontré, ahora sí estaba en el lugar correcto, en esa cuerda floja llena de paz y extrema reflexión, era el momento para caminar de prisa y llegar al siguiente paso peatonal y sumergirme en un adiós profundo, quedándome dormido en una dimensión serena y selecta por los ancestros, por los personajes de largas alas, por las palabras atoradas y los gestos incrédulos. Era una buena elección para dominar de alguna forma la intranquilidad y la incertidumbre, quizá era una locura y por eso decidí regresar al principio de todo este enjambre.

Son las seis de la tarde con cincuenta y siete minutos. Me doy cuenta de que el calor de mi cuerpo ha traspasado y aquella banca esta hirviendo, han sido minutos valiosos aquí sentado dándome chance de inventar una serie de cuestiones infumables mientras la realidad está en un corazón que late con fuerza y con una picardía incomparable. Cierro los ojos y para ese entonces las razones comenzaron a reverdecer y a lo lejos te miro sin mis marañas caóticas y mis extravagantes desvelos, te veo alegre y como siempre brillando, te siento y no lo creo.

 

 

 

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