El barco.

 

La tierra sigue su curso, los días y las noches están aconteciendo de forma habitual, las coordenadas de la razón para muchos están extraviadas. Hoy me bajo del barco, no quiero navegar en un mar de resentimientos, de incertidumbres, de historias inventadas, habrá quien quiera defender lo absurdo y siga hiriéndose con situaciones que no tienen un sentido relevante, falta comprensión y las posturas son espinosas, nadie quiere ceder al equilibrio prometedor y el fastidio me invadió, el aburrimiento toco mis pensamientos livianos y por eso decidí tomarme un descanso de lo que parece ser una batalla sin final.

Salgo a la terraza y el aire es fresco, el ruido cotidiano me hace imaginar que la maldad ronda por tus pequeños destellos de sabiduría, quieres maniobrar donde no hay espacio, donde la claridad está establecida como un estandarte, quieres asegurar que tus razones son absolutas, pero me temo que estas en una equivocación del tamaño del universo, has preferido alejarte de las tardes donde las risas eran un inspiración para que la amenidad fuera variada. Observo como aquellas plantas sin nombre florecen, es aquí el paraíso que he construido junto a la persona que me tiene flotando en una nube de bondad y virtud, aquí donde las conversaciones son largas y las certezas se vuelven en una chimenea que invita a no querer salir de la habitación. Ya no hay lugar para tus preguntas incomodas, ya no existe esa posibilidad de truncar lo que es inevitable, al son de las baladas, el tequila se evapora y se convierte en un combustible insólito, estas paredes se estremecen con una historia verdadera, aquí no hay hueco para historias pasionales que duran un rato, aquí existe una dosis de cordura mezclada con la locura de los personajes que quieren seguir apareciendo como los protagonistas.

El tiempo no se detiene y los estallidos perturban a los inocentes que todavía se creen las viejas historias que vas regando con tal de sentirte a salvo, con tal de sentirte un seductor con causas benéficas, pero la realidad esta destrozada con una serie de confusiones y delirios que en ocasiones te hacen llorar, te hacen enfurecer y te hacen pensar cosas que no deberías, lamento que las balas perdidas estén dando justo en la fachada de lo que parecía un bonita biblioteca para almacenar vivencias sin caducidad. Pongo resistencia al impulso de querer emerger e ir a conversar un par de situaciones pendientes, creo me quedare aquí imaginando como el barco se hunde con esa tripulación enardecida y ese capitán necio, pensare que alguien los rescatará y les dará un refugio digno para entender que todo puede cambiar de un momento a otro, que la terquedad no es buena y las malas compañías tampoco.

El atardecer tiñe de rojo todos los techos, los volcanes se imponen y me hacen fabricar cuentos de amor eterno, me pierdo en esos besos rebeldes, en esos inesperados toqueteos que hacen que ardan las cortinas, las sábanas, las alfombras, que nos perdamos entre las llamas y que nos perpetuemos entre el humo y la desesperación de poseer un recuerdo que encienda una y otra vez lo que somos, nos olvidaremos del barco, del naufragio y nos quedaremos hospedados en esta terraza que es como una isla inaudita para los que están acostumbrados a la guerra, aquí nos quedaremos observando como los bombardeos continúan con el afán de encontrarnos  y atemorizarnos, pero sabemos que saldremos victoriosos y que la inconsciencia morirá de forma fulminante.

Quedarme sentado fue el único remedio que me ha causado tranquilidad, dibujar un ciento de garabatos esperando a que suene el timbre para que me den buenas noticias, para que me digan que el barco todavía existe.

 

 

 

 

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