El granizo.

Las gotas chocan con el suelo cristalino mientras mis ojos se esmeran por apreciar aquellas sombras que se mueven con dificultad, por escuchar los gritos desesperados de aquellos que quieren encontrar refugio, por esos pasos intensos que de alguna forma son torpes. La tormenta nos ha sorprendido y sonrió al saber que no estoy en esos apuros, estoy recostado y mis ganas son mínimas para implorar ayuda divina por esos desamparados que se mojaran, que no llegaran a salvarse del aguacero salvaje. Comenzaba a leer un libro cuando el granizo hizo su aparición, las ventanas eran un singular concierto de golpecitos inusuales, me asome y el espectáculo fue un placebo para lo ordinario del tiempo, para lo repetitivo de la vida que veo pasar.

Hace catorce semanas que me han sometido a tratamientos intolerantes para que los episodios de ansiedad pasen y las angustias se esfumen, he notado cierta mejoría, pero mis brazos los siento pesados, mis piernas arden, mi mente no deja de pensar en las probabilidades de mi destino, esto de tener cansancio extremo no se lo deseo a nadie, esta desesperación es un detonante para no querer ver a nadie. En verdad estoy exhausto de la monotonía que en algún punto me atrapo, me dedique tanto a la misma rutina que hoy no entiendo que es lo que sucede, romper todos los esquemas, todas las agendas y encerrarme por recomendación médica fue una guerra que perdí en muy pocos días, me resigne a quedarme postrado en todos los lugares de una casa que había olvidado, en una soledad acogedora, en un silencio total, realmente suena deprimente, pero me he reencontrado con el  ocioso veinteañero que alguna vez fui, es gracioso saber que debes pausar para reacomodar las ideas y hacer balances. Bendita tormenta que cae sobre mi jardín que por años he descuidado, las rosas sobreviven de milagro, la higuera es una pena y la jacaranda es un reflejo de supervivencia, ahí está reflejada mi lucha y mi querer percibir una oportunidad para volver a florecer y hacer que las mariposas posen sobre mis encomiendas pendientes.

Hace cuatro meses todavía regañaba de forma enérgica a mi querida Cecilia, le mencionaba que si no sabia enviar un correo mejor que se dedicara a comer pinole y silbar, fue terrorífico mi actuar, hasta la hice llorar, pero mis episodios de enfado cada día eran más prolongados y de repente un día me desmaye, desperté y ahí estaba la atarantada de Cecilia dándome aire con un folder, como pude me levante y le pedí que se retirara, desde ese día no he vuelto a la oficina, pienso que es un caos, deje muchas cosas sin respuesta, contratos pendientes, pagos urgentes, espero que Carlos tenga la capacidad para mantener el prestigio de la marca, es un buen socio, pero jamás lo involucre en la administración hasta hoy que mi cuerpo está regenerándose para regresar y experimentar un nuevo modo de ver la vida.

Aunque la tristeza me invade, porque hoy recibí la renuncia de mi experimentada secretaria, Cecilia mi cómplice, mi asistente, mi sutil paño de lágrimas se va después de treinta cinco años de indudable entrega, que lastima que no pude estar en su despedida, pero espero que hoy venga a cenar, la invitación fue precisa, ojalá que la tormenta la deje llegar y que todavía la comida china se conserve caliente.

A mis setenta años, no sé si volveré al escritorio que tantas veces me vio refunfuñar o carcajearme, quizá que para la próxima granizada yo este hecho polvo y este bailando un buen danzón junto a mi madre o terminado de leer las letras pequeñas para poder entrar al paraíso.

Mírala ahí viene con su ridículo bastón y pasos apresurados la que hoy me abandona, la que hoy me dirá gracias, si mi elocuente Cecilia, la que se sabe el nombre de todos mis amores y mis excéntricos gustos, mírala toda empapada, pero feliz, pues a cenar se ha dicho antes de que la droga me ponga eufórico y el granizo se derrita.

 

 


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