El viento que no complace a nadie.


Esas palabras se las llevo el viento una tarde veraniega, así llego la reflexión y se cerró toda posibilidad de comprensión, así observaba que primero cae un hablador que un cojo y que es mejor quedarnos callados porque el destino te lleva a maximizar lo que en ocasiones juzgaste con todo tu rigor y que te queda solo tragarte tus argumentos venenosos e inspirados en la destrucción.
Estaba ahí sentado en aquella mesa con cuatro sillas y una botella de ron, con la música que me inspira a cantar y con la compañía indicada para que mis múltiples  pensamientos desglosaran cada una de los grandes motivos que habían desaparecido porque una atrevida ola de verdades salían mientras mi dura conciencia me decía tu no deberías estar aquí.
Al final concluí que mi libertad de pensamiento y expresión no debe ser cuartada aunque esto provoque sismos e inunden lugares que por décadas han estado secos y olvidados, también reafirme que mis opiniones solo deben salir al universo cuando estas sean requeridas y que cada escrito es una invención  de mi mundo más obscuro y nada se basa en la realidad; aunque algunos crean lo contrario.
Entre carcajadas recordaba mis anécdotas, cantaba con el dolor que la letra ameritaba, empezaba a encontrarme con los personajes de mi siguiente historia, modificando el principio y el final cada vez que podía, recomponiendo mi  ebriedad con un poco de congruencia esa que algunos sobrios les hace falta. Me relaje y comente que no estamos para complacer a nadie y el silencio enfrió aquel  júbilo y empezamos  debatir de nuestros errores y aciertos, la discusión se convirtió en una brusca terapia y el poco ron que quedaba  apago el incendio donde muchos salieron quemados.
Y aquel viento el que se llevó aquellas palabras regreso por la madrugada para refrescar mi acalorado cuerpo de adrenalina al pensar que tan ridículo me veía cantando y despotricando  contra el amor y el desamor, contra la política y la religión, contra lo bueno y malo que tantos hacen y me avente al  abismo de la autocrítica y sentí como los golpes llegaban a mi cuerpo alcoholizado por las ironías y confesiones  disfrazadas de descortesía total.
Cada vez necesito menos para emprender estos viajes de pensamientos profundos, que me arañan, me ultrajan cada poro y quedo sostenido de mi ambigua sombra. La intemperie me ha hecho un monstruo, un vago experimentado y un amigo sincero. Hoy la cruda realidad me aplaude y me entretienen con esas actitudes impulsadas por lo que la gente cree y no esta educada para analizar y averiguar lo que realmente es.
 Aquel viento se llevó lo que un día fue y por el momento no será.
 
 

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