Moscas gigantes.
Me encontré en un espacio indefinido y ardiente en donde observe
unas siluetas parecidas a ángeles que son trasparentes y que caminan sobre las
cabezas de los que vamos hacia aquella luz psicodélica.
Mientras marcho hacia el punto referido me doy cuenta de unas
moscas gigantes que zumban de forma ensordecedora haciendo que lo que se
definen como paredes se cimbren sin comprender del todo lo que pasara después. Atravieso
la puerta y descubro un mundo un poco fuera de lugar cuando veo que el cielo es
verdoso y la tierra es azulada en donde algunas morsas juegan a atrapar
mariposas, las vacas conversan de cuando llegara la época de ciclones y un par
de ratas se ríen de mi extraña apariencia. Sigo hurgando y encuentro a unas
salvajes nutrias comiendo hamburguesas, las jirafas intentan emular a los
avestruces y uno que otro cerdo aparece en traje de baño.
Que es todo esto, descubro que las horas son marcadas con raros
sacrificios de unos escarabajos dorados que hay por miles entre los que andamos
en este escenario que pareciera una pesadilla o una broma de mal gusto. Las hormigas son constantes vigilantes de
nuestros movimientos, las guacamayas nos inspeccionan con esa mirada fija y los
monos nos ultrajan entre nuestros harapos que están hechos de ramas y diversas hojas. Me detengo y
me encuentro ante un cráter de un volcán activo, si estuvieran aquí no sentirían
ni miedo ni siquiera el calor que esto representaría, escucho a lo lejos lo que
parece la voz de Pavarotti y después me desentiendo y supongo que caigo al vacío.
Despierto entre mantarrayas amarillas y ballenas rojas. No
observo a mi equipo de exploración parece que fuimos atacados por pirañas pues
mi mano derecha sangra y mi abdomen esta hinchado, nado con todas mis fuerzas y
llego a la orilla de lo que parece una isla desierta, comienzo a gritar y nadie
me responde pero el zumbido de las moscas gigantes aparece y me estremece
cuando de repente un intenso granizo cae sobre mí y me hace correr a la única palmera
que está ahí para mí. Han pasado unas cuantas horas y mi confusión me carcome
porque aquí no hay sol ni luna, porque aquí no hay un cielo estrellado.
Toco el que debería ser mi rostro pero no hay nada, ni ojos, ni
nariz, ni boca. La desolación se apodera de mí y lo que era una palmera
realmente es una tarántula que me habla en un dialecto que yo no entiendo, con
sus patas me arrastra hasta aventarme a un agujero y comienzo a caer
descubriendo fotografías de mi familia, objetos de mi niñez, frases de mi adolescencia,
momentos que jamás he contado y mientras todo eso pasa percibo un olor a menta
mezclado con el de chiles quemados. De repente estoy en una superficie suave y
con cierto temor abro lo que creo son mis ojos y descubro que estoy alrededor
de un oso, un tigre y una hiena que están completamente dormidos.
Con sutileza escapo de tal horrible episodio y corro hacia lo
que parece el lado sereno de este lienzo incomprensible e inexplicable. Llego a
lo que parece una playa que parece humana pero al acercarme a los que habitan
este sitio arenoso descubro que los que se mueven de un lado a otro son gatos
en dos patas que simulan de forma extraordinaria los reflejos humanos, uno de
ellos me lleva a las entrañas de un gran barco de siete velas, me maúlla con
insistencia y tomo aquel resbaloso timón y tomo cualquier rumbo hasta que una
mosca gigante nos aplasta y nos hunde sin saber si todavía sobrevivo en este espacio
indefinido o soy un muerto absurdo.
No intentes comprender lo que acabas de leer.
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