Acumulando desechos.
Sigues acumulando
tantas cosas en ese enorme costal y en vez de desechar utilizas todo eso para
construir una armadura de desagradable polémica, insípida soledad y un remolino
de siempre lo mismo.
Todo eso que guardas,
lo conviertes en armas o escudos depende la situación para salir bien librado
del momento bochornoso o de la
complejidad de las circunstancias y así se crea un personaje que se manifiesta
con sarcasmo, verdad, mentira, que tiene cierta indulgencia para no caer herido
ante las respuestas picarescas.
Montañas de
argumentos que solo han levantado una muralla de dudas, molestias, intrigas y
una que otra razón impropia para un presente confuso que protagoniza una impetuosa
realidad que devora todo lo que hay a su paso como si fuera una podadora magistral que no deja crecer ni una esperanza
en un ser que pretende muchas cosas pero se arriesga a lo mínimo, repitiendo la
misma historia cada vez que puede o le interrogan.
La humedad va
penetrando en aquel ser acartonado que
solo afirma que es feliz a ratos y que no puede dar un paso más ante las inclemencias
del tiempo, que no puede brincar los charcos con facilidad y que sus brazos disminuidos
en fuerza no pueden sostener una idea de lo que es el mundo, cuando la crisis
ya descompuso su cabeza llenándola de penosas escenas de desesperación y angustia
que no cesan y que vapulean aquel cuerpo indefenso por aquellas inseguridades y
señalamientos crueles.
Es cuando te das
cuenta que todo lo acumulado no tiene un sentido claro en una existencia que
debe estar solo en el aquí y ahora. Todo ese acopio de malas impresiones envenena
el alma de una forma irreversible, con una toxicidad que clausura toda posible
salida. Esa memoria prodigiosa que recuerda hasta el más fino detalle puede ser
un peligro para todos los que se hacen presentes en la vida de aquel seductor
extraordinario, que anhela amor pensando en cuerpos desnudos entre sabanas,
cuando quiere encontrase estando perdido en una dimensión desconocida, que no
logra conectar su terquedad con lo sencillo que puede ser el minuto que está
aconteciendo.
Ese hacinamiento ha
creado un espacio de groseras contestaciones por parte de voces que no tienen
sustancia pero si un sustento basado en vivencias inundadas de descortesía y arrebato
que solo despiertan un ambiente denso y de apariencias rebeldes dejando un
campo de posibilidades para huir al desapego total y comenzar de nuevo.
De pronto los
grandes almacenes se comienzan a incendiar propiciando que las grandes columnas
de humo nos intenten dar mensajes que nadie comprenderá al menos de que haya
una luz inspiradora y que nadie se mantenga perdido en un laberinto de
amontonamiento insólito que no permite moverse, ni hablar y quizá ni pensar. Lo
que parecía apretujado comienza a tomar forma y nace la posibilidad de respirar
aire limpio. Las montañas se erosionan con el paso de las conversaciones y de
un entendimiento franco entre lo se quiere y se puede.
La pocilga donde permanecía
aquel insensato ser ahora es un cuartel donde se discuten las más insospechadas
estrategias para evitar amasar fortunas de cuestiones ingratas e insalubres.
Las puertas se abren para que haya una comunión entre lo real y el inevitable
descontrol que causara una alerta para que la fortaleza sea una osada respuesta
ante lo cínico que hay en el camino y que ya no será acumulado por el bien de
un presente prometedor.
Los enormes costales llenos de desechos seguirán existiendo
pues cada quien procesara esa basura en el momento que sienta plena libertad de
discernir y decidir en un mundo donde todo revoluciona y el tiempo jamás se detendrá.
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