Nuestras fuerzas van menguando.
Nuestra presencia
esta mordisqueada dejándonos con infinidad de gritos ahogados. Nuestra mirada
es indiferente ante esos escombros que son abstractos pero que causan un dolor
indescriptible, dejándonos heridos y sin aliento.
Nuestra existencia retiembla
al grado de quedarnos sin coordinación para comprender que es lo que está
pasando, mientras otros se la pasan perdiendo el tiempo como si este fuera eterno
o se vendiera por kilo, algunos solo buscan una careta que los haga parecer
buenas personas cuando se conducen con violencia y cierta torpeza.
Nos creemos
omnipotentes y no nos cuestionamos, creemos saberlo todo cuando realmente somos
zoquetes que imaginan que todo será como un brillante acto de magia pero
realmente no es así. Nos quejamos de los personajes que parecen han muerto en el
intento de hacer algo adecuado cuando nosotros estamos con los brazos cruzados
y mostrando nuestro lado burdo e incoherente.
No reconocemos
nuestras incapacidades y vamos trastabillándonos con nuestras debilidades
porque nos ofendemos a la menor provocación cuando deberíamos impulsar a los
pensamientos a tirar nuestras murallas y conservar la asertividad que se aferra
a nuestra razón como si fuera la única isla en medio de un océano de
señalamientos y prejuicios.
Todo comienza a
cambiar cuando nos damos cuenta que las personas que nos vieron crecer van marchitándose
hasta morir dejándonos solo los maravillosos recuerdos en una vida expectante y
franca y es cuando lloramos y nos sentimos perdidos en un centenar de ecos que
nos causan locura momentánea al saber que nos vamos quedando devastados y de
alguna manera solos. Es cuando
enfrentamos a la muerte con argumentos firmes y directos sin encontrar una
respuesta justa ante los acontecimientos que nos llevan al abismo de incertidumbre.
El desamparo nos cobija y nos acompaña en el trajín de las madrugadas de insomnio y de sueños
premonitorios.
Cuando nos desnudamos dejando aquella armadura
solida e impenetrable descubrimos nuestras zonas vulnerables, nuestros egos
inflados, nuestras distorsiones y nuestra acumulada ignorancia, todo aquello
que nos estorba nos hace reaccionar y nos apresura para que encontremos la
salida al ruido implacable que nos persigue con el fin de que aprendamos,
tratamos de escondernos en una estupidez que termina siendo el sujeto que nos
atropella para sentir ciertos porrazos que nos hagan sucumbir ante nuestra
apariencia más temerosa y gris.
Huele a muerte
cuanto nuestra indiferencia es atroz, cuando nuestro apego es voraz, cuando
nuestra sonrisa es fingida y cuando preferimos desaparecer ante la tempestad
que nos llama para alumbrar caminos bondadosos que nos esperan para continuar
en esta tierra que se alimenta de nuestro temperamento y nuestro silencio
sagrado.
Nuestros éxitos y
fracasos son lo que le dan dirección al ingobernable tiempo, son esos manjares
que alimentan nuestros despertares inmiscuyéndonos en severos y complejos razonamientos
que a veces nadie entenderá pero son la clave para no tropezar o sostenerse. Somos testarudos en esta vida simplificada en
momentos y en tormentos que debemos desmenuzar para no terminar creyendo en el
azar, Desquebrajamos aquellos lienzos para indagar que hay más allá de la
muerte y las tristes despedidas, nos insensibilizamos para ser objetivos ante
un escenario poco propicio para el entendimiento a primera vista, nos rompemos
la cabeza pero no desciframos lo maravilloso de decir adiós o hasta pronto, no
sabemos cuándo será la última vez que compartimos con alguien y terminamos con
los sentimientos a flor de piel, quizá con lágrimas o con un estado de ansiedad
traducida a inmovilidad.
Nos creemos
indestructibles cuando nuestras fuerzas van menguando. Es por eso que de los
escombros hagamos construcciones que involucren todas nuestras emociones y
sentimientos, que nuestras manos sean las herramientas para sanar y que
nuestras heridas solo sean símbolos de crecimiento.
Cuando nos toque
morir que sea con dignidad reconociendo todo lo que dimos y lo que nos faltó
dar.
Comentarios
Publicar un comentario