La caravana.
Esas misteriosas siluetas van descalzas después de batallar con
fronteras y siniestras imposiciones.
Esa muchedumbre de confusos razonamientos que nos hacen únicos e
irrepetibles, que nos dan la pauta para hacer el bien sin ver a quién, que nos estremece
al grado de encontrar la empatía y sonreír aunque el día este frío y nublado. Una
columna de interrogantes nos sostiene y nos encomienda al enfrentamiento de
nuestras creencias con nuestros ideales, asumimos que lo que pensamos es la
verdad absoluta cuando somos pequeños en un universo infinito de posibilidades.
Ignoramos lo que es nuestra responsabilidad porque nos adjudicamos
un ciento de engaños de personajes que han hecho de la historia una masacre,
nos volvemos insensibles ante lo que acontece pues llevamos una armadura pesada
que nos sirve de refugio y donde tenemos nuestras comodidades.
Pero ese blindaje puede ser tan blanco como nuestro corazón que
intentamos que sea de roca pero en este mundo espiritual eso no funciona es por
eso que nos escapaos a lo material, a lo inmediato para enloquecer y no hallar
el argumento que simpatice con nuestros sueños, nos abnegamos por sentirnos
comprendidos cuando la soberbia ha penetrado a todos aquellos que se creen con
un poder irreverente y sin dudas efímero.
Nos despedazamos con tal de aliviar nuestras heridas y encontrar
en seguida según la cura de nuestra furia, estamos en contra del sistema pero no
hacemos nada para derrocarlo, algunos están inmiscuidos hasta los huesos,
chupando sangre pero ni eso los tiene contentos porque al final están a
contratiempo, y es así como se van quitando lo que les pertenece hasta quedar
descalzos, asustados por lo que pueda suceder.
La caravana no desiste, nos escarba el cráneo para que los
pensamientos escapen y lleguen al desierto de nuestro espíritu, ahí donde nos
sentimos atropellados, inseguros, nerviosos, esa caravana de entes imaginaros
que nos hablan de tiempos mejores, que nos rasgan la piel y que no le temen al
ayer.
Las complejidades peligrosas nos revuelcan en esas arenas que podrían
ser movedizas pero son solo una mezcla de lodo con nuestros instintos animales,
las extremidades no responden y comenzamos a tragar toda esa osadía que creíamos
nuestra salvación. La torpeza nos invade porque creemos tener la certeza de
manipular nuestro mundo, pensamos que con unas cuantas monedas tendremos un
escudo protector pero la muchedumbre va pisoteando lo que queda de nuestra picardía
para renacer en alguno de los tantos días soleados que parecen venir.
Preferimos mentar madres a realizar acciones que enaltezcan un
sitio que nos han brindado grandes momentos y buenas oportunidades, donde nuestras
decisiones nos han aporreado y levantado
en hombros. La contradicción nos hace patalear cuando las cosas no están en su
lugar. El tiempo es el elemento que nos dará un sorbo de conciencia, que nos
haga improvisar una fórmula para rescatar lo que todavía queda en esa vasija de
inocencia y de compasión.
Seremos gobernados por aquellos que queramos, seremos
maltratados, quizá desahuciados por astutos ignorantes que nos dejaran en los
huesos entonces seamos amigables con
nuestras caravanas encontremos esos lazos y hagamos de este viaje algo ameno.
No dejemos que el hormiguero nos alcance, forjemos ese artefacto
que no aleje de lo imprudente y nos lleve al manifiesto de lo que siempre hemos
soñado como si todos fuéramos hermanos.
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