Muertos en vida.
Los muertos que me
persiguen son esos vivos que por elecciones han dejado de hacerme compañía
porque sus prioridades son más rotundas que el amor entrañable que nos unirá
por el resto de nuestros días.
No se puede llamar
amor aquello que aleja, fractura, quema sin oportunidad de establecer una conversación donde los puntos
de vista estallen y se edifique un abrazo fraternal de aceptación a nuestros
errores. Que profunda es la amargura cuando se cierran puertas y ventanas para
morir ahí en una trinchera rica en farsas y arrepentimientos. Quisiera que nos sacudiera un devastador mar
furioso por esos actos sin sentido, por correr hacia lo que parece confortable y
también nos causa un escozor intrigante que no permite que la serenidad nos
arroje al follaje de las vivencias enriquecedoras que no morirán.
Lo que si morirá es
nuestro cuerpo, se cansara de los embates al que lo sometemos, se rendirá ante
lo estrepitoso de nuestro andar agitado y quedara devastado por los vicios
ocultos que hasta él que se dice santo tiene de vez en cuando. Moriremos con nuestros intentos fallidos,
desfalleceremos con la rabia de querer reencontrar esa mirada que explicaba
todo con un simple parpadear. No si exista el cielo pero lo que en ocasiones
vivimos es un infierno que callamos para que los demás no se den cuenta de
nuestra debilidad.
Muertos han quedado
algunos huertos que con simpatía sembrábamos y de repente un intrépido aguacero
ha dejado muchos ceros en mi humilde hemisferio de pensamientos estremecedores,
hemos tragado polvo de años sin vernos ni hablarnos y no hacemos mueca de
tristeza por un tonto orgullo que opaca todo lo bello que pregonamos. No sirve
de nada esa fe que sentimos si en verdad no ponemos en orden lo que dejamos a
la deriva.
Mejor gocemos hoy
cuando vivo estoy porque mañana no quedara ni un gramo de todo lo que hemos
realizado, espero regresar al punto de la inocencia de cariño ciego e
incondicional y sentir lo que era antes de que la soberbia apareciera. Quisiera
recibir esos abrazos desinteresados y revivir el aroma de un domingo familiar
cuando nos encontrábamos completos y no teníamos idea de lo que era el veneno. Esos
murmullos han entrado solo para romper imágenes y expectativas, esas lenguas
que se mueven al ritmo de lo negro y lo ambiguo, esas personas que solo están al
pendiente de lo que sucede con el de al lado cuando todo en su hogar es un
espejo empañado.
Muertos en vida son
los que hoy no están y no pueden explicar su ausencia, prefieren ignorar por
comodidad. No olvidemos que somos efímeros por naturaleza, no pensemos que no
nos llegara la hora cuando tenemos claro que toda historia tiene su final. Vivos
permaneceremos los que somos testigos de la gloria y de la decadencia que un
presente que después será un pasado añorado. Momentos somos solo eso y todos deberíamos
valorar lo que comemos, respiramos, leemos, escuchamos, compartimos, imploramos
por simples actos de amor.
El amor no muere, lo
que muere es el ser que se cree ofendido y no tiene las agallas de resolver esa
emoción y deja que todos mueran sin tener la oportunidad de despedirse. No estés
herido de muerte solo porque lo has decidido, mejor levántate y evita que las
entrañas salgan porque siempre habrá buitres al acecho, siempre habrá víboras
con afán de atacar y provocarnos una muerte lenta porque no quisimos vivir para
rectificar lo que en el camino se dobló.
Lo que nos queda de
vida que nos sirva para volver cuantas veces sea necesario a los lugares que
nos vieron reír y superar pruebas insospechadas solo por enfrentar a la muerte
con tal de salir victoriosos y reconciliados con todo lo correspondido e
improvisado.
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