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Arrumacos.


Has perdido la pauta, la precisión en todas las formas posibles y ha llegado la mala educación para estropear lo que se pretendía fuera lo más sólido en tu figura, pero en ocasiones pasa que la marea alcanza toda fuente de comprensión y la ahoga con furia. Ya no hay forma de medir la perversidad que ha vencido a la vergüenza dejando solo un suspiro de risa honesta, ya no hay manera de recurrir a la disculpa porque parecería una asquerosa burla.

El lamento se escurre por los bordes de aquel techo, la tormenta es tanta que hará que se desplome llevándose todo lo que hay a su paso, dejando que la tragedia invada un espacio que no era apto para la oscuridad. El olor a humedad es persistente y aturde el olfato, acelera el ritmo cardíaco porque la imaginación corrompe la serenidad con imágenes desagradables, como si algo se estuviera pudriendo y es cuando pienso que unos buenos arrumacos te harían sentir mejor.

Quizá esos gestos cariñosos no servirían de mucho porque no hay manera de suturar la herida indescriptible que hay en ese torso que sangra sin remedio y que mancha el piso con la intención de dibujar lo que pasara y después con un manotazo a la creatividad esas imágenes se esfuman trasladándonos  a la realidad de afirmaciones y palabras que fracturan caretas dejando al descubierto la discordia que solo araña y arrebata la claridad abonando todo lo contrario en un camino irreversible.

Cientos de arrumacos que tus ojos no captan por observar el cielo nublado, miles de señales que salpican tu rostro con tenacidad para que despiertes y te des cuenta de la nutrida humildad que pasa sin ser descubierta, mientras tus manos se remojan en soberbia y el pensamiento no carbura por estar pensando en la maldad y en la posibilidad de generar discordia. El afán de joder se va creando como un hormiguero sin fin, toda idea grosera va escarbando en el terreno blando para dejar algunas semillas del ambiguo hedonismo, esperando que germinen para celebrar una victoria con caravanas y vanos argumentos.

Tantas excusas para esquivar la paz sacuden el monumento a los momentos de gloria y mortifican al anecdotario con cierta sutileza, pocos remedios son los que existen para una necedad espeluznante que no retrocede y avanza con la finalidad de herir, y de gozar cada trifulca. Necesidad de ovación y atención es lo que estruja esa forma inocente que no tiene posibilidad de escapar y reflexionar en un mundo en crisis y donde nada se valora porque todo es desechable e inmediato, donde los años se pueden convertir en polvo y la confianza en un bulto saqueado por los miedos e inseguridades.

En nuestros días el quejoso se despierta recargado de malas intenciones, no quiere reconocer que el cambio es constante y se aferra al mástil de esa embarcación que se puede hundir en cualquier momento  y que no hay manera de sobrevivir porque las aguas son gélidas. En este momento alguien se regocija por el simple gusto de mofarse y no comprender que hay cosas que se rompen y no tienen remedio.

Esos ojos se cierran y se abren y en cada parpadeo se puede sentir que nada es igual, esos sonidos que parecen oraciones tergiversadas son las piedras que han hecho caer a los experimentados y han dejado con dudas a los ladinos. Se escuchan como la marabunta viene a cuestionar tu singular  juicio y a descifrar que cantidad de arrumacos necesitas para entender que no todo está en tener la razón, si no en guiarse por el sonar del corazón.

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