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El callejón.


Vas por la vida con ese afán de condenar todo lo que te parece mal, lo que te ofende y hiere, cuando ya estas con las vísceras de fuera padeciendo de todo aquello que te hizo estallar sin que te dieras cuenta y te volvieras un disidente de lo que construiste junto a personas valiosas.

Hoy te encuentras caminando por las calles de una ciudad vacía y plagada de recuerdos insólitos,  entre los escombros hay gritos impregnados pidiendo te acerques para que escuches una vez más esas razones que te hicieron un ser lúgubre y malintencionado, que solo busca la oportunidad para golpear las paredes que siguen de pie para verlas caer y disfrutar de ese instante.

La maldad es aquello que no te deja ceder y despertar a la realidad que nos brinda un ciento de posibilidades para manifestar y prolongar nuestra felicidad, el rencor es algo que no percibes pero te encadena a la insaciable acción de destruir sin piedad y maldecir la compasión. Te han alcanzado las as obscuras horas que has pasado en esos meses donde te volviste un creativo  y escribiste un cuento merecedor al olvido y a la confusión inesperada de todos tus actos que ya no causan asombro porque se ha descubierto que es tu esencia.

Aquel callejón es el único refugio seguro en esta urbe llena de peligros. Ahí encuentras una fogata que perdura gracias a la basura, observas un cómodo sofá que inspiro toda demolición y la nula intención de volver a construir sobre lo que un día fue algo digno de celebrar. El olor que se percibe es una mezcla de bebidas etílicas y jabonadura recién hecha que deja atónitos a los visitantes, a los atrevidos que quieren hurgar un rincón que es para admirar y fotografiar mientras la soledad se pasea y la angustia merodea.

Al perecer las entrañas que van colgado se están resecando y eso te deja sin aliento, solo un milagro te salvaría de lo atroz, solo un valiente podría zurcir  aquel boquete y poner todo en su lugar para que vuelvas a sentir oxigeno por todo tu extraordinario ser. No pides ayuda porque el orgullo es aplastante, no quieres reconocer que estas herido, no pretendes mover un dedo para que la situación cambie. Te niegas a detener toda la maquinaria y aquellos argumentos que parecían sólidos siguen cayendo como si se tratara de un domino. Algunos ladridos se escuchan a lo lejos parece ser señal de ayuda o quizá sea producto de la imaginación infame que ha llevado a la ruina todo el prestigio de este sitio.

Te levantas y sostienes tus tripas, las miras y comienzas a sonreír una vez más como si esto se tratara de un mal chiste, pero te das cuenta que no y pretendes correr pero es inútil pues podrías tropezar, se nota la desesperación en el rostro, tus labios partidos son indicios de la debilidad, tus ojos se enrojecen y un nudo en la garganta te asfixia para buscar respuestas entre las terribles condiciones descritas.

Los perros se acercan y te comienzan a lamer con profundo deseo para descubrir que hay debajo de toda esa mugre, tú les manoteas y quieres alejarlos pero tus pocas fuerzas solo sirven para resguardar las vísceras, como puedes huyes de esa escena fatídica y logras gritar para saciar tu locura y tu ingeniosa maldad. Comienzas a sentir frío y con pasos apresurados buscas la salvación y el calor que has dejado escapar.

El delirio llega como la última oportunidad para que reacciones y comprendas que esas heridas te las has provocado con el fin de llamar a la atención en una ciudad desolada, llegas al temido callejón y desfalleces, esos perros que olfatearon tus pasos serán el desenlace de todo o el comienzo de una nueva historia.


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