El mundo de los insolentes.
La insolencia tiene
infinidad de promotores en este mundo y todo toma un aspecto gris y toxico. La verbena
comienza cuando todos están atentos a lo que no tiene importancia dejando pasar
todo aquello que tendrá un impacto considerable.
Las caras largas
aparecen en primer plano, desalineados, con una mueca de pocos amigos, los somnolientos
están esperando el momento indicado para irse a su mejor sueño, los patéticos que
siempre comentan su versión para quedar
bien, los marginados son los que encuentran la excusa para sentirse mal y los de
piel delgada que al menor roce se desangran y son un mar de quejas.
Cuando termina el sermón
todos salen al malecón esperando que la
tormenta los empanice con fina arena y
puedan crear sus ofensas y limpiar sus heridas que no sanan porque todo el
tiempo se están rascando con tal de ver sangre y sentir dolor. Los monigotes se
mueven con la inercia y el sonido de las olas, no permanecen en el mismo lugar
porque la labor de fisgonear es primordial en esta playa de cuerpos soberbios,
lentes enormes y escasa humildad.
Los cangrejos están al
acecho para pellizcar al despistado y así comprobar que hay vida en este lienzo
insospechado, algunos buscan conchas para honrar su colección, otros solo se
tienden para broncearse y esconder su verdadero color. La vida aquí es una
sonata corta y un tenue ruido deja extraviado al de alma buena y voluntad
serena. En el mundo de los insolentes nadie escapa de los señalamientos y las
confusas versiones que se inventan con tal de estar en la perpetua discordia, aquí
todos lanzan miradas hirientes que lastiman al inocente que solo disfruta de un
delicioso cóctel.
Las medusas están llegando
a la orilla para poner a prueba su veneno, los despreocupados caerán en una
trampa sin escapatoria y sentirán las consecuencias de esos piquetes ponzoñosos
que parecen inofensivos pero son letales. El calor hará que todos busquen saciar
la sed con bebidas que provoquen la inconsciencia y así abrir la puerta a la
violencia que es un animal hambriento.
El carnaval está por
iniciar y todos lucen su mejor careta, tapando las arrugas, las falsas sonrisas
y esas miradas que expresan sufrimiento por un instante se desvanecen entre la música
que inspira a desinhibirse sin pensar en los efectos, todos gritan palabras
altisonantes esas que asustan a los persignados y santos. Flores y listones estremecen
la avenida de esta ciudad insolente y que está acostumbrada al agravio y no
tiene la cultura de la disculpa.
En medio de la
insolencia existe una especie de templo que permanece cerrado, solo los
aventurados han entrado a tan majestuosa estructura, es un lugar perfectamente cuidado
por entes transparentes y callados, se dice que ahí hay algo que muchos han
pisoteado, desconocido y escupido con tal de sentirse reyes, el contenido que
se resguarda es abstracto pero fundamental para que la vida de alguna forma continúe,
muchos desconocen su significado pero los sabios le llaman respeto.
El respeto tiene dolencias
cuando algún insolente se presenta con afán de entrometerse en donde no le
llaman, donde el sentido común no tiene cabida y donde la burla será el primer
dardo que saldrá a la luz con tal de magullar. Los insolentes no se dan cuenta de
su realidad pues su cordura está dormida, ya que han sido dominados por la ponzoña
de las medusas y por la singular
apariencia de los cangrejos.
Todos hemos estado
en ese lapsus de insolencia que nos vuelve miserables pero que nos brinda la
oportunidad de reconocer que todos nos equivocamos y que podemos hacer la diferencia
si lo queremos de verdad.
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