El aroma a infierno.
Una erupción es la imagen necesaria para que
imagines lo esplendoroso que es dar culto al cambio. Esa lava arrasa todo a su
paso, petrificando esos corazones acostumbrados a la dureza y rudeza de las
actitudes más escalofriantes. Muchos escapan de la muerte y prefieren quedarse estáticos
en su interior, tomando sus creencias como un tesoro único e irremplazable.
El grotesco rostro
de aquel que dice tener la razón, tiembla de miedo, sus esfínteres son una
trampa de temor que se va descubriendo conforme los gritos desesperados avanzan
y se van terminando porque todo muere, todo tiene un fin y aquel afortunado logra
salvar su cuerpo vanidoso y escuálido que se confunde con esas ramas que no tendrán
escapatoria al ardiente episodio de un volcán en plena intensidad.
Tanta soledad se
alberga en lo que era una odisea de debates, discusiones y acciones. Solo queda
el olor a azufre que va penetrándose en
los recuerdos de un ermitaño que ha observado todo, ríe desmesuradamente porque
el advirtió la tragedia y nadie lo tomo en cuenta, después llora porque el
canto de los pájaros no volverá, las ardillas ya no vendrán a visitarlo, los
insectos son cosa del pasado.
La violencia de la
naturaleza destruyo miles de hectáreas, quizá para que la renovación prevalezca
en los próximos años, quizá porque estaba harta de tanto desprecio, de tanta ignorancia,
de tanta carencia humana. Burlones son aquellos que creen que la risa es un remedio
para todo y si yo creo que sí, cuando no encuentran el lado serio a la realidad
irrefutable. Fusilan con carcajadas lo que son respuestas que deben ser
respetadas, incómodos son los gestos de los que no son felices aunque dicen
serlo, envolviéndose en un dulce tramo de ridículo jubilo que no es creíble.
El ermitaño y el volcán
que humea son un símbolo de vida y extrema reflexión. Lo que ya no existe será
para la posteridad una anécdota chusca, una experiencia arraigada, un cañón que
retumbara en los cielos para avisarnos que en un ambiguo lugar hay una batalla sangrienta
que alguien está librando y está alzándose con la victoria, sangre que solo es
una especie de tinta que sirve para escribir tonterías mientras otros presumen
de lo que sin esfuerzo obtienen de aquellos que son leales aunque estén hinchados
de tanta bofetada.
Después de la catástrofe,
los sobrevivientes van apareciendo queriendo rescatar lo que no tiene remedio,
el sollozo de unos niños conmueve a otros y comienzan a jugar para olvidar la
desgracia, conmemorando la vida con unos pasos que son frágiles pero sinceros,
esas si son risas que contagian, eso sí es algo que valga la pena contar miles
de veces, hasta el cansancio. No todo
esta arruinado, hay circunstancias que tiene un sentido de perseverancia para
continuar con el flujo de vida, con la verdadera amistad entre lo abstracto y
lo que recreamos como cuestionamientos.
Lo único que se
encuentra en el área acordonada son corazones hechos piedra y angustiosas poses
de horror. En el alma hay volcanes que van haciendo erupción, hay placas en
nuestra mente que se van moviendo dando
pauta a replicas, hay cosas que se rompen y que pierden su forma original para
dar lugar a maravillosas cuestiones de introspección, hay locos con coherencias
insólitas y otros mueren de risa por simple gusto.
Hay zonas devastadas
y otras con máxima posibilidad de vida, se necesita explorar, se necesita
atrevimiento para buscar lo que falta para enmarcar esta inesperada transformación.
El viento trae esperanza, las cenizas se
alejan, el aroma a infierno va desapareciendo para darnos cuenta que la
fertilidad llegara tarde o temprano, teniendo en cuenta que puede existir otra erupción
que nos sepulte y sin saber de qué forma
saldremos.
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