Un viernes.


La odisea que emprendiste después de los sucesos que fueron comentados por cada una de tus emociones, decidiendo convertirte en un sordo y ciego para no enterarte de lo que continuaba, te fuiste sin decir media palabra y recorriste aquella milpa hasta perderte en recuerdos y conflictos intensos. Te ahogaste en alcohol como si ese fuera un escape digno a la investidura que presumes, te encerraste en una habitación con la esperanza de que tus cualidades te encontraran y te sinceraste ante una inevitable situación que necesitaba de la mayor concentración posible.

Te alimentaste de los roedores que carcomían las sabanas de expectativas, sudaste como si hubieras corrido cuarenta y dos kilómetros, pensante como si trataras de resolver una ecuación y gritaste como un fanático a lo inverosímil. Anhelabas que ocurriera una hazaña, pero el tiempo no era suficiente, la preparación no era la adecuada y las circunstancias eran adversas. Recuperaste los sentidos perdidos y comenzaste a percibir que nada sería igual, pues en ese lapso de extravió caíste a zanjas que solo estropearon tu delicadeza y el buen gusto, tuviste que sacar la rudeza de ese cofre olvidado, te enteraste que estabas vivo y sin un enfoque claro, lloraste desesperando, amenazando al mundo, incrustante odio en cada uno de tus poros como si eso fuera una solución sensata, el alma estaba envenenada y contribuiste a que no existieran acuerdos.

Los días pasaban y la singular alegría escaseaba, no encontrabas ningún objeto de donde sostenerte. Tu apariencia no era buena, la piel agrietada, la ropa sucia, el cabello desalineado y las arengas de venganza a todo pulmón. Las esperanzas fulminadas, las certezas moribundas y las energías confundidas, eso eran en resumen todo lo que sucedía en tu estructura, no eras lo que soñabas ser.

Un viernes, despertaste aturdido, con el pleno convencimiento de marcharte, de no mantenerte ni un minuto más en el espacio donde las batallas fueron memorables, el hartazgo era elocuente con el sentimiento, algo te estorbaba y no permitía que fueras aquel personaje rebuscado. Preparaste tus maletas y empezaste a sacudir cada parte del cuerpo, tiraste por la ventana toda mala palabra dicha, abriste la puerta y te asomaste con cierto temor, te percataste de que nadie descubriera tu solemne decisión y corriste sin pensar en las consecuencias. Fuiste severo contigo, pero por fin sentías el refugio que concebiste en la imaginación, por fin te encontrabas después de que el humo te dejara sofocado y desfallecido en un sendero estrepitoso, esas ataduras quedarían en el pasado y la tentación de volver a la felicidad era inminente.

Te apropiaste de un inmenso valor, entonaste esas canciones que han dejado ciertos episodios favorables, limpiaste tus manos, te arréglate las uñas, te peinaste de forma digna, de vestiste para disfrutar de la ocasión, la libertad se notaba, la distinción de estar vivo era imperdible entre tus pasos improvisados y osados, eras un ser autentico. Las noches pasaron con cierta armonía y la inspiración fue una explosión que reformo casi todo.

Hoy te encuentras en un laberinto, consiente del potencial que cargas, con argumentos sofisticados que no garantizan tu salvación, pero que si ayudaran al avance en esta caminata impregnada de tantos enigmas, quizá perdones, quizá olvides, quizá quieras pasar a otro dimensión donde seas el protagonista para dejar el veneno, el odio, la sed de venganza y así seguir viviendo sin prisa y con la lucidez que cautivara todo lo que está por venir.

Sustrae de ti, eso que no te deja respirar, que no te deja reconocerte como una crisis constante y un caminante valiente. Deja que las cosas sucedan.

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