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Bestialidad.


La bestia de la discordia acecha con su lengua atestada de espinas y sus tentáculos pegajosos, gruñe con fuerza y no se detiene, devora todo a su paso. El pánico sea desatado y todos piden ayuda desesperadamente, todos corren sin dirección, los gritos están llenos de angustia, las miradas están repletas de terror. Los argumentos de la bestia son firmes tan solo con su presencia, bastan unos movimientos para paralizar la bondad de las personas.

Es así como la mente va creando historias sin razonamientos claros, siendo de esta manera que la intriga envuelve todo en un dilema sin solución, en una ecuación complicada, en una formula peligrosa. Dejamos que lo horrible persista en el ambiente cuando hay motivos para estar en paz, permitimos que la crueldad pese más que la armonía que emanan los seres que sonríen con honestidad. El invierno se hace presente entumiendo nuestras extremidades y forjando el deseo de la aplastante pereza, el frío es un factor para que muchas cosas se pospongan, pero hay que tener pensamientos fuertes y apegados al formato de los objetivos planteados.

La bestia se reproduce con tal de salir victoriosa y conquistar cada rincón. Son tantas bestias que no  hay un protocolo para combatirlas y erradicarlas. Bestias que quieren acaparar toda la atención, quieren manipular, quieren acabar con la unión, su deseo es destrozar todo lo establecido, quieren imponer su razón dejando desvalidos a los que son guerreros de verdad. Hay ingenuos que siguen a la bestia, son un ejército maligno, son piedras que van estorbando y van envenenando el alma de los que cotidianamente tienen pensamientos positivos.

Los que tienen la conciencia abierta, se dan cuenta del escenario apocalíptico y se refugian para no contaminarse, para no percibir ese aroma que produce ingratitud. Los bondadosos están expuestos a la envidia, soberbia, al apego sin retorno, siempre deben estar huyendo para mantenerse ecuánimes y trazan estrategias en reuniones clandestinas para afrontar esta bestialidad insensata que va cubriendo y poniendo al descubierto la fragilidad de miles de mentes.

Los trayectos están estropeados, retorcidos, siniestrados. Las calles están vacías por el gélido clima y como precaución para no encontrarse con esos seres obscuros que quieren hacerse valer con palabras sin sentido y actos desoladores. El escenario es una invitación a la renovación, a la eficacia de las emociones, a la reestructura de los sentimientos, a la audaz meditación, el panorama es una puerta que nos hace un guiño para redescubrirnos y romper esos guiones en los que nos encanta estancarnos, si me quiere, no me quiere, está bien o está mal, etc.  

Ante el caos ocasionado por las bestias y los desprotegidos, existe una herramienta básica que está en el abstracto instructivo de la vida y se lee así: “Ignora todo aquello que no suma, que no abona, que no te deja circunstancias positivas”. Entonces ejerzamos esa máxima y comencemos a desconocer a las bestias y si son necias hay que darles la razón, haciéndolos sentir a gusto en su estancia por este mundo y nosotros continuemos haciendo nuestras actividades de forma alegre.

Esas lenguas con espinas se pudrirán  y esos tentáculos serán tan pequeños como sus cráneos, se quedaran enredados en sus cuestionamientos, con esa fría soledad que no tiene compasión, con esa nutrida ironía que refleja fealdad en el ser, con esa escasa percepción de felicidad.  Daremos las gracias por tener la dicha de seleccionar que es bueno para nuestra existencia y comprenderemos que factores nos pueden convertir en bestias. Reconoceremos al menor movimiento cuando alguien tiene garras, colmillos e intenciones atroces.

Todo se puede restaurar y recomponer, solo es cuestión de que queramos ignorar a las bestias que nos rodean. 


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