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Episodios llenos de fango.


Una agresiva anestesia penetra el centro de los pensamientos claros y los vuelve severos al grado de descontrolar los puntos que parecían resueltos. El silencio es un grato acompañante y a su vez fastidioso símbolo de un encierro forzoso, nos revolcamos en esa imaginación frustrada, en esos episodios llenos de fango, en eso que llamamos inconsciencia y después nos esfumamos como si fuéramos el sueño de un ser delirante y frenético.

No sabemos como reaccionar ante la histeria, no comprendemos la desobediencia de muchos, que toman las calles como un escape, como una historieta que sobrepasa lo implacable, como si el ruido fuera una melodía con una lógica precisa. La soberbia que te infla es la misma que te somete a reflexionar sin excepciones y te condena abruptamente sin condiciones, es un carrusel que no se detiene, te provoca mareo al grado de llegar al vomito, te conviertes en un ser pálido y destrozado porque te ha caído todo el peso de aquello que no esperabas, quisieras reírte del presente, pero no hay forma de hacerlo. Estas somnoliento y quieres reaccionar ante lo que es un cuento siniestro y un discurso escalofriante. 

Que tal las buenas vibras, las lindas palabras que mandas y que tal esa esperanza floja, pero existente que te empuja para que haya alegría en este día donde la agenda no esta saturada y el ocio podría ser un remedio. Esas buenas intenciones deben tener un razonamiento emergente y extraordinario, esta franca distancia nos debe obligar a valorar lo que somos y lo que queremos ser, estos demonios que suspiran dentro de nuestro estomago deben morir con nuestro acido gástrico, para después desahogarnos con un poco de agua de tamarindo, porque el calor es insoportable. Comencemos con la tertulia de simpatías falsas y espiemos a todos aquellos que se creen dueños de la verdad para después mofarnos sin tomar precauciones y terminar por limpiarnos las lágrimas.

Cuando eres de corazón de piedra y de poco sentido común, no podrás cambiar tan fácilmente, harás lo necesario, pero después volverás a la senda de la discordia constante, a la lucha interna que no te deja averiguar que es lo que mantiene encerrado en un pequeño mundo de frivolidades, hipocresías y quejas absurdas. Cuando eres de alma insensible harás hasta lo imposible por hurgar en donde no hay tesoros, donde no hay llamados francos, donde las luces están apagadas. Las palabras de aliento están dispersas y hay que saberlas detectar para que estas nos sanen de nuestra desesperación y de esas situaciones impropias que nos enredan en mundo efímero y sobre todo ficticio.

No te hartes por estar postrado esperando abrir la puerta y sentir la libertad, cuando en el entorno hay circunstancias que te esperan para mantenerte ágil, vivo, alegre, fuerte y crédulo a la bondad de las manifestaciones inexplicables y sensatas. No desesperes cuando el tiempo transcurre, no quieras correr porque al final todo te alcanzara para recordarte que eres mortal.  Solventa los buenos momentos con el afán de que queden en esa posteridad anhelada. Quédate quieto en la estancia donde todo sucede y la calma hace desfallecer lo que es incierto, que la rebeldía te lleve a la conquista de una oración honesta.

Estos días de calamidad te deben llevar al punto de lo transparente y de los veredictos leales, no salgas a mirar esa plaga que va carcomiendo la serenidad, no te asomes a lo cruel y mejor voltea hacia el horizonte donde hay señales tenues y que te pueden ablandar si es que estas preparado para continuar en los episodios complejos que vendrán, pero que te harán inquebrantable y desprendido.



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