Aguijones.
Arrogancia desfachatada
que pudre el camino de ilusiones. Las abejas me invaden todo el cuerpo, pues la
miel de tus proyectos quedó en los jirones de las sabanas, las hormigas muerden
mi cruda pereza y los rayos lastiman mi frustrada mirada. Te fuiste sin aviso,
solo dejaste un vaso manchado con las imprudencias de tus labios y una
maltratada libreta, donde existen notas a medias, quizá de tus vivencias o de aventuras
apresuradas.
Todo huele a
cloroformo, en todos lados hay frascos con mis pensamientos inertes, no hay un rincón
para descansar, no hay un espacio para escribir un cuento lleno de argumentos,
no hay esperanza en mis venas, mientras algunos buscan lo perfecto y la técnica
correcta para vivir, yo estoy aquí sin un destino preciso, observando la ciudad
ahogada en bullicio e historias rencorosas. El odio se respira, porque
intentamos dividir, lo que necesariamente debe estar junto, el enojo aumenta con
esas protestas que significan una liberación justa y una prudente salida al caos
que se genera en un sistema muerto de miedo e ignorancia. Me quedo en la
terraza, pienso que seria de mi si me arrojo y termino con estas incógnitas, es
una insensata decisión, doy unos pasos atrás, mientras veo algunos juegos
artificiales a lo lejos, algunos tienes algo que festejar.
Los ruidos de la ciudad son profundos. La nostalgia me envuelve en los callejones mas peligrosos, me sacude con patadas certeras, me encamina a lo obscuro de aquella habitación, estoy atado a la ausencia de tus frases optimistas, estoy creyendo que algún día regresaras, mientras cientos de aguijones están haciendo efecto en mi esquelético cuerpo, siento el sosiego de tu truculento adiós. No hay quien se apiade de mí, solo me queda relamer la poca miel que queda en la almohada, donde muchas veces soñaste en la eternidad del amor. Las hormigas no cesan, están por todas partes y la angustia hace que las mire con simpatía, con esa picardía que me provocabas cada madrugada.
Ya no había razones para
estrechar nuestras existencias. La amabilidad se rezago entre los semáforos en
rojo, las canciones dedicadas no tienen motivos para ser escuchadas, las velas
solo alumbran lo que es mi posible final, las calles están llenas de
indiferencias, todos se van derritiendo como si fueran archivos muertos en
pleno incendio, viví engañado por aquello que según ofrecía y no era suficiente.
El tiempo jugo conmigo una contienda y ahora soy el perdedor, mis bolsillos están
rotos, mis zapatos desgastados, mi cabellera descuidada, mis tantos guiones de
conquista han quedado en un charco.
Leo esas notas a
medias y descubro las tantas estrategias que utilizaste para que yo cambiara, pero
mi mundo de bonitos disfraces era inquebrantable, matando la esperanza de todos
los que me amaban sinceramente, dando oxigeno a los que solo querían gloria
material. Ahora no tengo ni los juramentos que alguna vez te prometí, no hay compasión
que sane el abandono que estoy sufriendo, moriré en esta calle donde por primera
vez te vi, no tengo ganas de continuar. La debilidad es evidente y la inflamación
de las picaduras hacen que parezca un payaso sin chistes blancos, sin aplausos
que me levanten el ánimo.
Tomo el ultimo sorbo
del vaso que dejaste antes de partir, el contenido es amargo y seductor, es un
golpe de calor cretino, que me asfixia, me desorbita los ojos y provoca una convulsión
trágica, quedo tirado mientras respiro como si fuera un pez fuera del agua y
recurro a contar mis latidos cada vez mas débiles, soy parte de una ciudad
donde las partidas son el pan de cada día y la miel un lapso dulce que mata el
antojo.
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