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Enfrenón.

 

El derrumbe fue ocasionado por una explosión sin explicación aparente. Traigo los bolsillos llenos de polvo, quizá con un poco pueda construir una fortaleza que me tenga aislado del mundo egoísta y ciego, al parecer no tengo huesos rotos, pero el dolor me invade el pecho y apenas puedo recordar que fue lo que paso. Escucho gritos que penetran mi calma y no comprendo que fue lo que nos sacudió por segundos y nos impactó en el suelo.

Recuerdo que tome el tren a las cinco con cincuenta y cinco minutos, desabroche mi suéter y me solté la corbata, desabotone la camisa y me dispuse a leer el libro viejo de cuentos, mientras una pareja se besaba de manera efusiva, otros contaban de cuantos logros habían tenido en esos huertos de azotea, no podía concéntrame tenia el presentimiento clavado en mi corazón. De repente el tren comienza a frenar, las vías rechinan y un golpe hizo que todos cayéramos, el polvo comenzó a ahogarnos y los lamentos provocaban la angustia, ahí estábamos todos contundidos, heridos, llorando por mera incertidumbre.

Tardaron en llegar a rescatarnos, el tren había evitado atropellar a alguien y se descarrilo, eso es lo que decían muchos, mientras cientos de manos me tocaban con el fin de sacarme de ahí, perdí todas mis pertenencias, el libro de cuentos quedo arrumbado en alguna parte de aquel vagón, no tenia fuerzas para estar pensando que vendría en el futuro a corto plazo, después caí sedado, desperté en un lugar con azulejos verdes, cortinas blancas, luz tenue, era un hospital, todavía conservaba polvo entre los cabellos, apenas podía mover mis brazos, mi aspecto era espantoso, era un pieza siniestra en un lugar con altos estándares de higiene.

Trate de recordar a aquella pareja que se veía tan contenta y que de forma egoísta no volteaban a ver a nadie, nos les interesaba el entorno cuando uno de ellos salió volando y se pegó con el pasamanos, él otro despareció, los que venían conversando de hortalizas quedaron mudos y ya no escuche sus voces y eso me tiene al vilo de la desesperación, ¿Qué les habrá pasado? ¿Estarán bien? ¿Cuál fue su destino?, el mío parece alentador solo un golpe en las costillas y una herida en la ceja derecha, con moretones en mis piernas y dolores en las muñecas, que terrible tragedia por evitar otra.

Los derrumbes de nuestra vida así son, sin una advertencia, mientras vamos caminando con un son de alegría singular, nos ocupamos de lo que creemos importante, no nos interesa lo que al otro le sucede, porque simplemente estamos hundidos en nuestro concepto de felicidad y cuando los colapsos aparecen solo se encontraran aquellos con sentido común y con amor a la vida. Los derrumbes son inevitables, cuando te tocan ahí debes de estar, son retos, pruebas, maniobras que debes de dar para ver la luz del otro lado y así comprender la complejidad de la existencia mientras otros están atragantados de alegría efímera.

Observo las fotos de como quedo el vagón, los fierros retorcidos y esas escenas que causan terror pasan una y otra vez por mi cabeza, no tengo noticias de los demás pasajeros, quizá sigan conmocionados, ausentes, inexistentes o pensativos como yo. Han pasado varios días y es momento de volver a la urbe, a la inverosímil ciudad para escuchar historias, ver amores intensos, documentar sucesos y valorar en permanecer aquí con quien desee estar. Me devuelven mis pertenencias y ahí sigue el polvo que nos cubrió, que nos hizo temblar, que nos puso al borde de la perdición.

La explosión nunca existió solo fue un enfrenón que nos llevo a pensar en la vida que podría terminarse.   

 

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