Los otros.
Escucho que alguien respira
al otro lado de la habitación. Quizá sea mi subconsciente jugándome una broma macabra
y enredando mis pensamientos en una especie de engranes que hacen palpitar al
extremo mi corazón. Quisiera encontrar la receta para adaptarme a los nuevos
comienzos, pero encuentro reflexiones concisas que hacen que camine despacio por
lo que parece un sendero sin señalamientos, sigo escuchando ese respirar con
sutileza, inquieta todos mis sentidos, siento que pronto alguien tocara mi
hombro y pedirá que hable, pero en el fondo se que es producto de mi imaginación.
La soledad es retadora.
Ahí están todos los objetos entrometiéndose con mis recuerdos, ahí está el
polvo insultándome y riéndose de lo que parece un capítulo trágico, vaya que no
es fácil fabricar un mundo lleno de paz y en ocasiones los monólogos salen
simplemente para desahogar todo lo que la mente intenta clavar en una estrecha
cavidad para después dejarme sometido al sonido de muebles arrastrándose y música
patética. Mientras los otros muerden sus bocados, olvidándose que viven en un
torbellino de emociones y que la incertidumbre es algo que hay que dejar atrás,
cada uno estamos en lo que nos interesa, nos flagelamos porque sentimos que no
hay otra forma de liberarnos, pero hay miles de maneras de sobrevivir al tedio,
al escombro, al arrebato.
Repaso con suavidad
aquellas puertas que en muchas ocasiones se cierran sin razón aparente,
comienzo a orar para perderme en mi creencia más callada y doy pasos sigilosos,
con tal de que nadie sepa de mi presencia, el piso es frio, las sensaciones son
espantosas al saber que no habrá ni una flor marchita. Observo aquella
cerradura y su brillo me cautiva al grado de pensar que es una fuente de luz,
el delirio me alcanza y me destroza, solo estoy yo en esta pequeña guarida
donde solo escucho buenos deseos y dudosas intenciones, las ventanas están cerradas,
el calor me hace sudar como si una tormenta cayera sobre cada pedazo de mi estructura,
no hay salvación en este lugar que esta alejado de la realidad de los otros.
Regreso al punto de
partida y vuelvo a comenzar, es inútil seguir buscando a alguien que me dé una explicación,
me hinco y despliego una serie de peticiones, me reincorporo para indagar que
es lo que esta sucediendo, por momentos me siento mareado y frustrado, me enoja
descubrir que no podre debatir, que estoy solo, que mis apuntes sobre la vida
quedaran intactos y no serán expuestos. Aquel respirar se escucha ms cerca, me
enloquece, me enciende, me hurga. La soledad se expande por horas, se acomoda
por todos lados, hace lo necesario para tenerme en una escasez de conciencia,
vacila con mis intermitencias, critica mis posturas, me ata a las ocurrencias
pueriles que permanecen en la profundidad de mi obscuridad.
Los otros se siguen
arruinando la existencia con discusiones horrendas, con presiones sin sustento,
con incongruencias exageradas, ahí están invirtiendo energía en el pasado,
intentando conciliar sus subjetividades con los nuevos escenarios, no saben qué
hacer ante los campos dinamitados y yo me dejo llevar por la inercia de las
horas, esperando que las alarmas suenen para preparar la cotidianidad, comprender
que no hay esperanzas y establecer el remedio para deshacerme de los miedos. De
repente retumba el suelo y descubro que ese respirar proviene de mi pecho, soy
yo el que es dueño de ese sonido magistral que me quiere decir que sigo vivo en
medio de una soledad gratificante mientras los otros están acompañados inventándose
guerras y episodios para llorar.
De repente toco mi
hombro y me hablo como si fuera el vencedor de este juego.
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