El egoísmo del otro.
Aquel pasajero se quedó
dormido en ese asiento incomodo y sucio, desde que se subió actuaba extraño, se
tallaba los ojos, se miraba en el reflejo del vidrio, hacia muecas, parecía desorientado,
de repente lo vi quedarse dormido, sus ronquidos se escuchan de extremo a
extremo y solo lo observo con la esperanza que despierte y se de cuenta que los
minutos han pasado, el trayecto es largo y mi cansancio es mucho, no podre
estar vigilando el actuar de ese hombre que quizá tenga que expresar sus
vivencias para que su rostro cambie por completo, quizá la locura se apodero de
él y se lo trago de un solo bocado, después lo escupió para ponerlo en esta realidad
compleja.
A mi lado va una
niña como de unos ocho años, un vestido azul turquesa, una diadema morada y sus
pestañas rizadas que lucen más que sus ojos verdes, también se quedó profundamente
dormida, antes de eso, tarareaba aquella melodía de moda que todo mundo esta
bailando, desconozco porque los jóvenes enaltecen esa desastrosa música y esta
niña tan hermosa se esta contaminando de lo que hoy en día se dice arte, se le
ve tranquila, su padre va frente a mi leyendo un libro sobre conspiraciones, de
repente suspira y otras veces tose, se ve que es un hombre culto y de buenos
modales, junto a él parece que va su hijo mayor, un jovencito larguirucho, de tez
blanca, facciones toscas y cabello lacio, él solo observa el paisaje arbolado,
se sonríe, parpadea y no deja de mascar un asqueroso chicle, todos ellos muy
bien vestidos y yo aquí con lo primero que tome para emprender esta aventura,
una playera supuestamente blanca, unos tenis grises, un pantalón de mezclilla y
una gorra roja, mi aspecto desalineado no impresiona a nadie, quizá crean que
soy un ejemplar deportista o un clásico hijo de familia acomodada que es
rebelde porque sí.
Apenas y puedo pegar
los ojos, la incertidumbre de se saber que es lo que ha pasado me tiene
temblando por dentro, esa llamada inusual a las tres de la mañana me hizo pegar
un brinco, sentir la taquicardia y contrariarme con la resequedad como nunca, siento comezón en
partes donde no puedo rascarme, estoy desesperado por saber que me tienen que
decir. Cuando salí de casa, me dije que solo en caso de emergencia volvería a aquella
colina donde crecí, donde los eucaliptos nos daban cierta esperanza, donde los
gritos de gol eran habituales, no había otra cosa que hacer que solo jugar y
caminar entre los surcos para ir a la escuela, era toda una monotonía que he trasladado
a mi vida presente, oficina, un poco de ejercicio y comer sano, rechazar cuanto
pueda toda invitación a beber y cenar, me hago pasar como sombra para no tratar
con la gente que se cae pedazo a pedazo en cursilerías e historias caóticas, huyo
de los locos procedimientos para vivir en sociedad, solo me queda la
expectativa de que mis escritos sean leídos por los despistados que quieren
hurgar en la vida de alguien más.
Unos veintiún kilómetros
y llegare al destino final, ahí estarán esperándome, lo primero que hare es
observar al cielo, tomar un poco de aire fresco y buscar esa carita chapeada,
esa barba bonachona y esa expresión sincera de cariño, quizá así sea Dios, o quizá
sea uno de mis tantos inventos y viajes fingidos en un tren de madera que
sostengo en mis manos todas las noches queriendo impedir que la edad avance y me
ofrezca la crueldad del entorno, el egoísmo del otro y la saña de lo que dicen
que es bonito.
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