Una pequeña oración.
Construiste un
templo y eres el sabio que conoce cada rincón, no sales de ahí para evitar que los
temores te arrastren y te revuelquen con cinismo y picardía, celebras la
grandeza de lo que eres y tratas de transmitir eso al protagonista que se
desdibuja en las épocas de tormenta, las sonrisas perduran apenas lo que dura
aquel rayo de luna, te atreves a ignorar los mensajes que con cautela te llegan
desde el centro de la razón.
Te quitas la
rimbombante mascara que durante horas te mantiene oculto, revisas el mapa y
encuentras el sitio que te da identidad, festejas como si no hubiera mañana, te
recuestas sobre aquel montón de ilusiones y disgustos, es una colección amplia
de vivencias y persecuciones, la paranoia siempre te ha causado molestias
graves y solo buscas escapar por lo que parece un agujero, entras y encuentras
un lugar estrecho y diminuto, al parecer es tu conciencia que esta perturbada y
callada. La verdad vaga por lo que es el contorno de esos oscuros individuos
que han quedado postrados en un pestañeo de la precavida angustia que se
alborota al sentir unos labios resecos, esos que en ocasiones te despiertan y
se abren para gesticular quejidos.
El miedo de que se
sepa la verdad es mucho. Quieres distorsionar los hechos con un poco de miel y
de reverendos sobresaltos, pero siempre habrá quien deje rastros de lo que aconteció
y no podrás evitar que las palabras entonen un triste peregrinar de debates,
parpadeos y desenfrenos. Intentas sacudir la mesita donde el escribano impacta
aquel bolígrafo contra el papel, es inútil, una fuerza extraordinaria te ata
las intenciones y te avienta contra el librero que guarda infinidad de relatos
espeluznantes que has vivido. El templo permanece intacto mientras dura este
episodio de bonanza y alegría, el rugir de los tigres no amedrenta la incesante
batalla por seducir al incrédulo, sabes que caerá en las trampas de los dichos magníficos
que preparaste con astucia y ternura.
En aquella habitación
del fondo todas las mañanas haces una pequeña oración, completamente desnudo
caminas sobre la alfombra rasposa, después te hincas y te deslizas hacia los
cuatro puntos cardinales, tiemblas porque el frio te hace reaccionar y el olor
a incienso te produce una serie de estornudos, es momento de detener la meditación
y correr hacia la estancia donde posan las flores y suspiras para que el
recuerdo profundo venga y te dé un par de bofetadas y anuncie la llegada de ese
ciento de sobres que dicen siempre lo mismo.
Tan rutinario es lo
que sucede en este templo lleno de devoción a lo desgastado, nada causa sorpresa,
hasta los insectos saben que acontecerá, todo es predecible, no hay
imprevistos, no hay improvisaciones, todo es correcto en un mundo que parece
contradictorio y a la vez esperanzador. Retocas los colores de esta fracturada mascara,
porque en cualquier momento tendrás que salir al balcón y hacer que tus
admiradores queden satisfechos con tus actos circenses, esa es parte de tú tarea
como regidor de esta aventura impetuosa y fulminante.
Solo lo algunos
saben la verdad, esa que lastima la tranquilidad y llama a gritos la calamidad,
quieres que eso se mantenga alejado, no quieres que sea motivo de turbulencias
y explicaciones, necesitas que la perfección que imaginas se propague por todo
lo que pisas y tocas, hasta el momento la planeación ha funcionado y no tienes
otra opción. Ojalá el templo nunca necesite mantenimiento, porque no tienes
idea de que hacer, ojalá la teoría de la felicidad que has concebido tenga consideraciones
ante los posibles cambios, ojalá tú conserves la calma ante el aburrimiento que
te ha herido con frecuencia.
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