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El cuarto blanco.

 

En el cuarto blanco donde no sucedía absolutamente nada. Se encontraba ese hombre en estado cabizbajo, siempre pensando en la pesadumbre del mundo, en el hostigamiento constante del caos, comenzó a imaginar que ese lugar tenia una decena de ventanas y se asomaba, tratando de encontrar una salida prudente al fatídico encierro. Quedo atrapado en ese sitio por circunstancias absurdas y busco como sobrevivir a la desesperación incesante, al hambre de razón y a la sed de compasión.

Solo le quedaba llorar. Un cuarto completamente blanco donde no había posibilidades de respirar aire fresco, donde las flores eran un sueño fugaz y la música era un deseo prohibido, las horas eran una condena que, esclavizada cada movimiento, la muerte era eminente, era una crónica lenta y predecible, `pero las esperanzas eran demasiadas en aquel lugar inerte.

El hombre acomplejado por todas las noches ingratas se resistía a dejar de existir, cada tarde se asomaba a sus ventanas imaginarias y un día veraniego vio a lo lejos una carretera, unos pastizales, escucho unas voces, intento saltar hacia ese lado, pero era inútil, una fuerza lo mantenía en ese cuarto blanco, ese paisaje duro unos cuantos días, después había una laguna extensa con algunos patos jugando, en otras ocasiones solo había un escritorio con algunos documentos desordenados.

Todo era intermitente en ese espacio que no tenía significado. Después de cincuenta y dos semanas, el hombre parecía resignado a vivir de tormentos mentales, sus ojos estaban hundidos, su boca trasmitía tristeza, sus manos temblaban y su voz era cada día más rasposa. El blanco había penetrado a su alma, había invadido cada órgano, estaba perdido en una incertidumbre constante, era la soledad que lo abrazaba sin temor a equivocarse, no había salvación y la temperatura aumentaba sin cesar.

Un día por alguna de esas ventanas alguien grito, era una mujer corpulenta, cara redonda, de gran estatura, boca gruesa, ojos rasgados, nariz puntiaguda, voz cálida, estaba perdida en aquella cordillera junto a unas cabras salvajes, estaba exhausta. El hombre como pudo se asomo y la saludo, comenzaron a tener una conversación amena, se identificaron cordialmente, al parecer todo había cambiado y esos mundos imaginarios pudieron conectarse para entender que las energías podían retomar el rumbo de las mentes que controlan los pensamientos agobiantes y gloriosos.

El hombre por fin pudo escapar de esa blancura ineficiente, decidió brincar a lo que era desconocido, la mujer al verlo de cuerpo completo comenzó a carcajearse y las cabras cayeron al precipicio, después la figura femenina se convirtió en una gran roca, el hombre desconcertado solo corrió a lo que parecía una cueva, ahí se encontró con sus miedos y sus pendientes, intrigado por lo que observaba, sentía arrepentimiento de haber dejado el cuarto blanco donde existía una paz extraña y una singular ironía.

el canto de los grillos fue el arrulló del hombre, mientras unos pequeños hombres lo cargaban y lo llevaban hacia un camino sinuoso y ardiente, se percibía un olor intenso a rosas, mientras un canto se imponía en el ambiente, ahí estaba el escuálido y abandonado hombre, lo habían devuelto a la blancura que le pertenecía. Al despertar la confusión era grande y las ventanas ya no estaban, solo un pequeño orificio en el suelo que emitía el sonido del viento. Creo esta vez había llegado el fin de la discordia por tener una huida magistral o aferrarse a lo que no tenía sentido.

Su cuerpo comenzó a elevarse a retorcerse y después se convirtió en polvo, se disperso como si fuera una fumarola, las carcajadas de la mujer se escuchaban y los pequeños hombres celebraban, de aquel orificio solo salía lava que arrasaba con el blanco mordaz y sarcástico.

 


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