Caballos lusitanos.

 

Es  la tercera inyección y mi glúteo izquierdo no soporta el dolor, como pude llegue rengueando a la larga fila para obtener el vaso de colección de la cafetería mas sobrevalorada de todas las ciudades del mundo, solo por cumplirle el capricho a mi adorada Mireya, es mi única hija, es mi motivo de sobrevivencia, es el motor que me hace carburar, está terminando la licenciatura y trabaja de medio tiempo en una agencia de viajes que yo le monte, es un amor de persona, es la razón que me mantiene en el barco después de que Cecilia nos abandonó para irse internar voluntariamente en un centro de adiciones, hace dos años no tengo noticias de ella, jamás la he ido a visitar, no me interesa, tomó una decisión unilateral que todavía me causa rabia, puedo decir que no éramos tan adictos, solo somos unos viejos que perdían un poco el control, que tratábamos de estar limpios por nuestro compromiso como padres, pero ella no pudo a las tentaciones, yo sí he podido aguantar el antojo a la perdición.

La conocí cuando competía por una plaza para Sídney teníamos veinte y tres años, ella era hermosa administraba los grupos de atletismo, mientras yo trataba de consagrarme como un buen lanzador de jabalina, su hermoso pelo rojo y sus piernas torneadas me enloquecían con singular rapidez, hasta que un día decidí conversar con ella y dimos el paso de comenzar a salir, a los seis meses nos juntamos, yo no conseguí el lugar olímpico dejando las competencias para siempre y ella renuncio a su trabajo y emprendimos la venta de multivitamínicos que nos llevó a conocer personajes nada gratos y que nos llevaron a la oscuridad.

Quien iba pensar que fracasaría como deportista y eso fue el gancho para caer en las destructivas drogas, a los pocos meses me entere que Cecilia era asidua a las a juntarse con sus amigas y fumar por horas, en una de esas nos enteremos de que venía en camino Mireya. El consumo no tenia fin y nadie nos pudo corregir, mi madre seguía mandando dinero desde San Diego hasta que un día en un arranque de colera mi progenitora me levanto la canasta y me otorgo su olvido. Ahora mírame aquí formado en una fila tratando de conseguir ese vaso exclusivo para tomar un suculento café, que ironía de la vida, cuando estoy acostumbrado a no mover ni un solo dedo, soy el clásico patrón explotador, soy el que tiene el control, eso de los multivitamínicos se convirtió en la venta de otras sustancias.

A mis cuarenta y ocho años no estoy orgulloso de quien soy, pero no me quejo, no he tenido una mala vida, ahora debo ser discreto y sé que no debería salir a la calle porque soy uno de los más buscados, no me causa miedo, tengo un enorme equipo de seguridad, además quien se preocuparía por un hombre que renguea y que tiene dificultades para caminar, soy un hombre que causa ternura y que no levanta ninguna sospecha.

Esta discreción pronto se acabará, solo espero que mi niña termine la universidad y pondré todo en regla, dejare el negocio a mi mano derecha y me iré lejos, quiero olvidarme de las inyecciones y las malditas alergias que me causa el smog, me iré al paraíso que he preparado para pasar mis últimos días junto a mis caballos lusitanos.

Mi hija me comprenderá y sabrá qué es lo mejor para ambos y si su madre intenta buscarla todo esta arreglado para que eso no suceda, me iré tranquilo, seguiré creyendo que soy un hombre bueno, que no le hace daño a nadie, ese es mi plan maestro, mientras eso sucede yo esperare mi turno para adquirir ese vaso tan horrendo y así demostrar una vez más mi amor de padre o mi vacío irremediable y latente.

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