Escarlata y Jerónima.

 

Hace un par de semanas escuche a la vecina de nombre Rosita decir que pronto terminara de sufrir, espero que sí, porque no es muy grato escuchar todos los reclamos que le hace a sus hijos, no faltan las mentadas de madre y los gritos de desesperación que se escuchan en todo el edificio, una mujer enojada con la vida y tristemente abandonada a su suerte después de que se le murió el marido. Se que vive una terrible situación supongo que una depresión la tiene prisionera e histeria.  Que les puedo contar del buen Eloy, un chamaco de veintitrés años que quiere ser fotógrafo de nota roja, después de estudiar ingeniería textil, dice perseguir sus sueños y está en lo correcto, es elocuente con lo que dice, espero que pronto consiga la tan ansiada oportunidad y me siga obsequiando esos panes de elote de su tía Gertrudis que es quien le maneja los dineros después de que el joven quedo huérfano y que les digo de mi intima Fidencia, la más descarada de las inquilinas de este viejo inmueble, dice que pronto saldrá de pobre y que ni me preocupe que nada me faltara, he escuchado por ocho años la misma historia y la sigo consintiendo comprándole su merengue todos los domingos, los demás vecinos son extranjeros en busca de una mejor vida en esta ciudad inundada de inseguridad y discriminación.

Yo, un viejo de setenta y cinco años, que no tiene ganas de salir, después de pasar cincuenta años dirigiendo el transito de esta ciudad, de repente quedar viudo, con esa pesadez y  desamparo, con una pensión que es un suspiro, con condiciones de salud volátiles, prefiero quedarme con Escarlata y Jerónima mis gatas fieles que me hacen compañía para que la muerte ni siquiera se acerque a saludarme, así estoy a gusto, aquí como un ermitaño acongojado,  solo asomo la nariz para recibir la comida que Doña Fabiola me hace llegar puntualmente todos los días, así soy feliz, en esta capsula que es mi salvación y mi terapia constante. Si mi querida Leonora viviera seguro seguiría trabajando, estaría dispuesto a seguir despertándome a las cuatro de la mañana, ingerir aquellos huevos tibios y salir corriendo para cumplir como el buen hombre que me considero.

Pero la realidad es una enredadera de emociones, me estoy convirtiendo en otra Rosita, porque quisiera tener la edad de Eloy y el atrevimiento de Fidencia, es una combinación de emociones que no me dejan estar en paz, prefiero seguir escribiendo un par de rimas intentando ser Pablo Neruda e imaginando que pronto llegara la hora de partir dejando intestado todo aquello que no tiene sentido, pero que es muy mío. Siete décadas traigo encima y solo se que la infidelidad fue lo mejor que pude ejercer de manera impecable, que la sopa de lentejas de mi madre es lo mejor que he comido y el ron añejo es un consuelo cuando la soledad me sorprende en las madrugadas.

Soy un viejo olvidado por mis dos hijas, una se fue hasta Celaya, porque ahí decidió cansarse y hacer familia, la otra hasta donde sé, anda hasta Berlín en busca de soluciones climáticas y experimentando con la madre naturaleza, siempre diferente, sola y sin pretensiones de ser madre. La ultima vez que las vi fue cuando se murió su progenitora, ahí también me enterraron junto a mi santísima Leonora que era un amor, una mujer excepcional, una señora admirable, quede relegado y no existo para mis retoños. Ojalá el día de mi adiós, vengan y me lleven al lugar donde nací, mi querido Celestún y esparzan mis cenizas, necesito esa libertad abstracta, quiero perderme y que nadie mas me encuentre, quiero por última vez, ver el verde de los semáforos que tantos años me acompañaron en mi labor y después ser un peatón que trascienda al más allá.

 

  

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