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Los dolores.

 

No puedes hablar de los dolores que te aquejan, porque no sabes cómo hacerlo y cada vez que lo intentas pareciera se te atragantaras con un escarabajo de ocho centímetros, te sientes con la lengua enredada y prefieres contribuir al escenario hipócrita de acciones irrelevantes que te mantienen en una elocuencia arrogante de sonrisas sin sentido, en conversaciones que solo acumulan dudas y con gestos que no sabes descifrar.

Cada noche le das mas de tres mil vueltas al colchón exigiendo a los astros que te den un ligero empujón para decir que todo termino desde hace un lustro, pero prefieres quedarte callado en medio de los extraños quejidos que vienen del departamento de arriba, sospechas que ya no te queda mucha energía para indagar que fue lo que sucedió, prefieres tomar aquel libro viejo de aventuras incesantes que te llevan del medio oriente hasta Sudamérica, la imaginación es lo único que te queda intacto, es tu amiga infinita en esos obscuros arranques de ingobernabilidad cognitiva.

Todas las mañana al escuchar como ladra el perro callejero, insistes en encontrarte las heridas, pero no hay rastro, quieres saber de donde proviene ese dolor que arde de una forma mortal, quieres someterte al sueño eterno y profundo, pero esa voz chillona te dice que no es el momento, que necesitas apreciar la intermitente felicidad de los demás, que requieres un poco mas de angustia y de lágrimas que tienten el recuerdo de los que ya no están. Te pones a chismear con las paredes y abusas de su silencio, les cuentas cada una de tus canalladas para mantenerte estático en ese lugar que no tiene cabida para el amor, para el respeto y la claridad.

De manera constante los dolores se van expandiendo por tus pensamientos. No tienes idea de que sucederá en los próximos trescientos sesenta y cinco días, quizá tendrás que sortear una decena de verdades más y comprenderás que las ironías pueden ser ciertas, te quedaras reflexionando mientras tú canción favorita se escucha a lo lejos, querrás perseguir a los responsables de este chueco destino, abrirás aquel refrigerador en busca de los sabores de la infancia, volverás al silencio de una tarde calurosa y después continuaras con el armado de aquel rompecabezas de cinco mil piezas, es así como vas forjando una rutina para aliviar la pesadez y la aglomeración de pasado.

No puedes hablar de los dolores, porque no se te da la gana, no quieres sentirte vulnerable en un mundo destruido por todos los factores incesantes de las inconciencias que no tienen corazón y que deciden escapar entre majaderías y supuestas soluciones. Ahí te quedas escuchando aquel programa radiofónico que te indica que los años han pasado de una forma agresiva, intentas llorar abrazando a la nostalgia que tiene forma de esfera navideña, es parte de la imaginación que no descansa, que no tiene tiempo para abandonarte, el perro vuelve a ladrar señal de que alguien se acerca y es momento de interactuar con le mundo exterior, un par de minutos al día son suficientes para despejar la mente de todos esos sucesos corrosivos que se van creando y que se aferran a la esperanza inusual de miles de tortolos que se han quedado petrificados, porque no hay razón para dar besos ni abrazos, ahí están con vida, pero sin moverse.

El dolor punzante crece en la parte baja de la espalda, ahí se incrusta como si fuera parte del reto, no cesa con ningún calmante, persiste e insiste en quedarse, así como tus infinitas costumbres para sujetarse de todo aquello que tiene espinas, ahí esta ese dolor que te dobla, que te causa mareos, que te conduce a lo desconocido, que te hace dormir mientras los escarabajos te mordisquean con la encomienda de  que grites de una vez por todas y te des cuentas que las heridas están en el inmenso ego que alimentas con pequeñas ilusiones.

 

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