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Diferencias políticas.

 

Una bufanda morada, un suéter anaranjado y tus pantalones blancos. Así te observé la última vez en aquella cafetería donde parecías triste y desconsolado, no me atreví a dirigirte la palabra por el respeto al estado en el que te encontrabas, supuse que era un mal momento para intentar tener una conversación y me dispuse a retirarme de prisa para comenzar mi día laboral. Días después me entere que no has desaparecido como si alguien te hubiera tragado, tus padres no entienden que es lo que sucedió, tus hermanos siguen buscándote por todos lados, tus amigos dicen que seguramente te fuiste a la India.

Mira que me siento culpable por no acercarme aquel día. Quizá querías desahogarte y decir las razones por las cuales llorabas y yo decidí ser indiferente, es posible que el saludarte hubiese cambiado tus determinaciones, pero desconozco que te estaba pasando, recuerdo cuando nos dejamos de hablar por diferencias políticas que ahora ya no importan, pues lo que decíamos ni se cumplió, solo eran ideas al aire sin sentido, al final me mentaste la madre y te levantaste, éramos unos tontuelos estudiantes de periodismo, al final terminaste en el área de espectáculos y yo caí en el área deportiva, muchas veces nos topamos y nos ignoramos, nos quedamos con esas ganas de confabular una tregua, pero creo que el rencor absurdo que se sembró persistió hasta nuestros días.

Fuiste mi mejor amigo, éramos agua y aceite, pero terminábamos riendo por todos aquellos planes que emergían en la tardes de la biblioteca, siempre te querías lucir vistiendo de forma extraña, quieras llamar la atención y eso me provocaba admiración, tenías una agallas que te guiaron a conseguir grandes coberturas mientras tanto yo me la pasaba viajando por Europa tratando de conseguir información de primera, pero me canse de tanto subir y bajar de aviones y decidí producir mi noticiero matutino. Recuerdo cuando te vi en las pantallas cubriendo la boda de quien sabe que príncipe, lucias despampanante con ese traje obscuro con destellos en plata, que orgullo verte ahí y saber que un día comimos de las mismas papas fritas.

Me entristece el que hayas desaparecido. Espero que estes sano y salvo, que encuentres respuestas y regreses con esa actitud arrolladora, no creo que hayas cometido una locura o tomado una mala decisión, conozco tus miserables berrinches y se que te fuiste por razones importantes, solo espero vuelvas con esa sonrisa envidiable y te vea tomando tu capuchino en ese lugar donde los famosos han dejado de ir por evitar tus imprudencias.

Ojalá vuelvas y no dudare en hablarte y decirte cuanto te quiero. Solo quiero recordar aquel verano en París y nuestras largas platicas a altas horas de la noche, quiero estrechar tu mano y saber que tus irreverencias conservan esa típica acidez que descontrolan a cualquiera, deseo saber si ya encontraste por fin el amor que tanto anhelabas y enterarme por fin si realmente estabas en la herencia de la tía Amanda.

Yo quisiera contarte que me he divorciado dos veces, que tengo una hija de diez años, que vendí la cada de Zitácuaro y que la maestra Ofelia me sigue llamando de vez en cuando para preguntarme si algún día me animare a publicar libros con esas historias conspirativas que tenía en la universidad.

Han sido veinte años de no tener contacto contigo y todos los días recuerdo la mentada de madre que me diste en aquella áspera discusión frente a otros colegas, éramos unos chamacos que no entendíamos las movidas, ni la realidad que acontecía, creíamos que todo era color de rosa y pues todo termina siendo producto de las mafias que van pudriendo todo a su paso.

Reconozco que mi empatía fue nula al verte llorar en esa mesa y ahora vivo atormentado esperando noticias de tu persona y hasta ahora no se sabe nada.

 

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