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Treinta y cinco.


Hasta el momento he construido un edificio de treinta y cinco pisos.

La vida me ha puesto en un lugar privilegiado al dejarme en la penumbra de historias insólitas que debí  descubrir a lo largo de los años y les puedo asegurar que pase una serie de situaciones que no le deseo ni al ser más repugnante, pero gracias a todas esas vivencias ahora estoy aquí de pie con ciertas cicatrices y con el derroche de entusiasmo que siempre cargo en mi actitud.

Hoy me encuentro sereno realizando mis tareas diarias y asumiendo mis palabras con convencimiento, me he vuelto loco tratando de comprender el mundo de otros y he elegido quedarme en el mío compartiendo al que se deje un fragmento de mi esencia. Soy el crítico más miserable a mi persona, soy un juez que me condena a reconocer mi crueldad y a comer humildad restringiéndome de la tonta y estúpida soberbia que gobierna al mundo.

He cambiado durante los últimos cinco años y he observado en mí la compasión que estaba inerte en mis venas, he sentido el perdón para seguir caminado en paz, he girado  la cabeza para dar alegría a quien está a mi lado y saber que los lujos son abstractos.

Ahora sé que soy el único dueño de mis emociones, decisiones y sentimientos, que nadie me puede hacer sentir mal al menos que yo lo quiera, que debo ser feliz sin apegos y sin rencores, que he crecido una enormidad y eso no es razón para pisotear a nuestros semejantes porque todos tenemos algo que enseñar y aprender. Todos merecemos cosas buenas por lo tanto hagamos lo correcto en la vida, nuestras acciones determinan lo que está por venir.

En la construcción de estos treinta y cinco pisos, me encontrado a socios que ya no quieren invertir en esta magna obra, ingratos que se han llevado los planos y eso ha provocado se cambie el diseño del edificio, soberbios que se quieren hacer pasar por el arquitecto de tal o cual trazo, ingenuos que no saben ni la O por lo redondo, insolentes que lo creen saber todo, hombres de bien que siguen estrechando mis manos, honestos que me dicen que es lo que nos les agrada, amigos que solo ellos saben del esfuerzo real para llegar al piso treinta y cinco y una familia que me ha ayudado a fortificar cada muro, vidrio, detalle de esta torre a prueba de sismos inimaginables.

Les confieso que todavía espero respuestas de esta vida y de los personajes que de repente desaparecieron, les comparto que en ocasiones hay dolores que vuelven pero con un poco de analgésico se calman y todo vuelve  a su cauce. Mi ansiedad me traiciona y me contesto con dudas, mi imaginación padece de impaciencia y mi mal humor está  a flor de piel, pero para puntos obscuros siempre hay luces intermitentes como mi picardía, mi nobleza y mi arriesgada irreverencia.

Estoy celebrando un año más de vida, un año lleno de contrastes y de enseñanzas significativas, un año en donde recobre el sentido de mis raíces, de mis lazos, un año lleno de satisfacciones perdurables, un año de dedicación a mi mundo sin dejar de ver lo grande que es el universo. No sé qué  me depare el destino pero aprovechare cada momento y comenzare la construcción del siguiente piso sin miedos, sin límites.

Imagínense cuantas cuestiones he visto y me enorgullece saber que más arquitectos están haciendo sus rascacielos junto al mío y esto nos llevara a  la prosperidad eterna y todos seguiremos creciendo para dejar un legado que va más allá de lo ahora vemos.

A estas alturas ahora sé que se debe y que no hacer.

 

 

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