El arenero.


Esas partículas de polvo que te hacen estornudar para que te des cuenta que estas vivo son las mismas que se acumulan en aquella repisa donde encuentras todas los recordatorios de tus deudas pendientes, esas mismas que se trasladan con el simple paso del viento y se esconden en los rincones más alejados de aquella habitación, mientras tu luchas con tus ausencias, con tu ego retorcido, con eso que cargas sin importar cuanto pese y todas las noches terminas de rodillas pidiendo que ya no haya tanto dolor en ese centro que no sabes donde se encuentra.

Es así como el fuego de los infiernos que has creado en esta vida, te van quemando sin oportunidad de huir, esas voces internas que te dicen que debes hacer y al final te quedas contemplando sutilmente lo que pasa en este mundo insolente. Tan fácil que sería apagar el fuego pero seguimos cortando leña para que este se propague y haga una catástrofe monumental.  Tu rostro parece envejecer de forma acelerada ante los retos que no quieres superar porque no tienes las agallas y no quieres entrar en razón por el miedo de lo que puedas encontrar en ese lugar tan olvidado y desolado.

Todas esas capas de yeso que te cubren rómpelas y decide quedarte a la intemperie para que sepas  de los verdaderos riesgos que puedes correr, quítate la venda de los ojos para que ya no den gato por liebre, guarda esa energía porque más adelante la necesitaras y quizá comprendas que todo puede cambiar repentinamente gracias a tus poderosas acciones. Deja la necedad para otra ocasión, inserta la delicada reflexión que este tiempo te ha brindado, al que llamas tu dios déjalo por un momento tranquilo y afronta la realidad de forma valiente y revela tus más perversos secretos.

Imagínate en un arenero gigante con un sol inquietante, visualízate ahí en medio, cansado, sudado, hambriento y buscando desesperadamente la salida, piensa cual sería la forma de escapar de un escenario tan complicado, si no lo haces morirás. Si, en ocasiones hasta lo que pensamos que es insignificante lo dejamos pasar de largo, no le damos importancia a las cuestiones que no afectaran nuestro trayecto, nos vale un bledo si nuestro prójimo necesita por lo menos un espacio para ser escuchado, somos ignorantes porque queremos, somos indiferentes porque nos volvemos unos monstruos insensatos y feroces, somos descarados porque quizá no conoces la angustia, la impaciencia y menos la compasión.

Si ese arenero tuviera voz te comentaría cada rasgo de sus víctimas, te confesaría cuanto sufrieron y cuáles eran sus suplicas para quedarse en este hervidero de ideas. Se escucha una lejana melodía de trompetas que entonan una melodía conocida, alguien la empieza a tararear y otros atónitos comienzan a llorar porque los recuerdos son verdugos de la templanza y la calma. Unas cuantas notas musicales bastan para quedar totalmente despojado de la coraza que nos protege  de los siniestros planes  del destino y es así como avanzamos en esa fila interminable para llegar al grotesco arenero donde no existen ni rosas ni tulipanes.

No sé a ciencia cierta si polvo eres y en polvo te convertirás, pero mientras eso acontece, debemos desgarrarnos las vestiduras para engendrar dilemas y discordias que nos lleven a la cordura que extraviamos cuando pretendemos darle forma a lo que nos impulsa sin saber si lo lograremos. No sé si toda esa arena sea una condena o un interrogatorio final, donde nuestras respuestas se pierden en el silencio de nuestros ahogados gritos antes de perder la conciencia y escabullirnos para que otros entren sin saber a lo que van y nosotros tampoco tenemos la oportunidad de advertirles que les pasara.


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