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Las brasas.


Las brasas de la contradicción están acechando aquel librero repleto de historias incontables. Parece que todos somos amantes de la incongruencia, después de que una bomba estalla todo regresa a la calma paulatinamente y es porque la razón está en cada uno de los actores que ha salido a escena.

Cada quien comparte lo que tiene es su corazón y en efecto todos somos dadivosos en forma amable y damos lo que nuestra alma produce aunque de repente el drama, la histeria, la confusión, la altanería aparezca para salpicar un poco la armonía de un bello amanecer. Todos tenemos una llama encendida de sabiduría que puede avivarse con el viento y encontrar aquello que nos puede convertir en un lobo feroz destrozando a las caperucitas que nos hemos inventado en nuestro cuento más tierno y hermoso. Podemos ser las brujas de la historia y vamos desperdigando manzanas envenenadas para esperar aquellas mordidas inocentes, podemos ser la incrédula princesa que espera al caballero que esté dispuesto a darlo todo, somos lo que creamos y así se pueden ir modificando historias  con el fin de forjar una aventura que deje lecciones y reflexiones.

El fuego de nuestros actos oscuros nos van consumiendo perdiendo la claridad y dejamos que nuestros ideales se sofoquen con la intención de escarmentar y emprender un nuevo trayecto, limpiándonos la cara de los restos de ceniza e intentando comprender porque seguimos vivos en medio de escenarios tan abominables pero llenos de esperanza porque seguramente si seguimos caminando encontraremos un rayo de luz que nos lleve a la comprensión de lo hecho y dicho. No somos perfectos y tampoco podemos estar de acuerdo con todos, somos un mundo lleno de visiones y dimensiones. Mientras para unos Dios es el que provee para otros son los actos mundanos los que por inercia nos llevan a avanzar o detenernos.

Hay una luz interna que nos estabiliza cuando el coraje se quiere apoderar de nosotros, esa luz es la que nos guía para profundizar en lo que es verdadero e importante, esa luz a su vez hace que una voz interna nos tranquilice para empezar a resumir todo en un porvenir grandioso, en ocasiones nos aferramos a romper todos los platos y decapitar todos los títeres por simple capricho. Después de ver los platos rotos quizá reaccionamos e intentamos pegar cada fragmento con una delicadeza inexplicable y quizá lo logramos y otras veces quedamos exhaustos de no hallar la solución para el desorden.

Nuestra experiencia es la que debe regir nuestro presente y no tropezar como nos gusta hacerlo con tal de sentir la adrenalina, el dolor, el ardor, el atrevimiento en nuestro ego. Somos seres que decidimos ser amigos de la discrepancia aunque esta nos agarre a bofetadas. Nuestro ácido gástrico tienta el humor de los personajes que somos y construimos guiones para ser la sal y la pimienta de un sitio donde la aceptación es lo que reina y el debate es lo que sobra.

Mientras esas brasas nos van derritiendo para transformarnos en una figura ambigua y poco ilustrativa. Nos inventamos muchos obstáculos por defender lo que es indefendible, lo que es parte de una imaginación efímera y caemos en las consecuencias de la sangre hirviendo que nos ciega y nos deja desarticulados a veces por mucho tiempo. Entonces pensemos si queremos una fogata para reencontrar la plenitud o un infierno donde los escrúpulos nos mastiquen y  nos traguen sin tener la oportunidad de reconocer que podemos enmendar y continuar sin ser lobos, brujas, princesas ingenuas o tiernas caperucitas.

No dejes que las brasas se apaguen y menos que te quemen.



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