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Treinta y uno de marzo.


Como es el destino tan enigmático, de alguna forma inocente, con rasgos sabios, exacto sin compasión. El destino que uno va construyendo con aciertos y errores, con alegrías y tristezas, con un ruido estremecedor y un silencio provocador. Las casualidades no tienen lugar cuando hay algo que te impulsa a buscar, cuando hay esa intuición picara, esa razón para revisar algunos recuerdos.

Hace algunos días observaba fotografías, escritos de hace siete, doce, quince, diecinueve, veintidós años, de esta manera te das cuenta que te vas modificando y en otras refuerzas lo que la vida te da a punta de catorrazos y de lecciones prudentes. Ese día en que me dispuse a observar recuerdos literarios y fotográficos, me impacte al saber que sigo despertando con esa luz que de alguna parte viene y me conduce a transitar por pruebas maravillosas, ver mi escuálido cuerpo me hizo sonreír, mirar esas letras que plasme me hizo pensar que somos lo que queremos  y anhelamos desde nuestro interior.

Hoy mis queridos lectores les quiero compartir la carta con la que me despedí de la mujer que me crio, que me cuido, que me preservo, que me ayudo y lo sigue haciendo desde un punto inimaginable. Recuerdo que esa mañana mi padre me pidió que le hablara porque ella me podía escuchar, me dirigí a aquel cuarto y cerré la puerta, fue cuando saque la carta y la leí en voz alta y después le dije otras tantas frases que prefiero guardarme, esa carta que había preparado para leérsela días antes en su plenitud pero no alcanzo el  tiempo por alguna razón precisa que todavía no entiendo. Ese día horas después mi mama Ido dejaría este mundo, exactamente un treinta y uno de marzo.

Retomo aquello de que el destino te lleva al punto preciso para continuar, abrí aquel cuaderno y ahí estaba esa carta partida en dos por el paso del tiempo, realmente desconocía su existencia, pensé hace algunos años que la carta había desaparecido por razones imprecisas, pero no, ahí estaba esperándome para poderlo compartir como si fuera parte de una catarsis.

Lean con atención.

Hoy te escribo para decirte lo mucho que te amo y respeto. Gracias por estos treinta y un años de dedicación constante y ocupación incondicional. Mamá hemos tenido una vida llena de episodios geniales, brillantes e irrepetibles, todos ellos nuestros, que nadie nos los puede arrebatar, estos los llevaremos por el resto de la eternidad.

Has sido testigo de mi vida, has estado ahí contemplando cada uno de mis momentos de alegría y pesar. Me has brindado el cobijo y el abrigo necesario para que sienta la energía que me hace caminar.

Mamá quiero que sepas que soy feliz, estoy bien y que no debes angustiarte por este loco y ser humano caótico, yo quiero para ti lo mismo y sabes que en mi alma te encuentras y significas mucho para mí.

Gracias por ser mi confidente, amiga, guardaespaldas, no tengo modo de retribuirte todo lo que has hecho por mí. Sé que los días pasan y estamos conscientes de la realidad inevitable, si he llorado no lo niego, sin embargo estoy en paz, porque estarás conmigo siempre y me estarás viendo.

Ido quiero que estés serena, porque los que nos quedamos en este plano terrenal estaremos unidos, comunicados y tranquilos, como un roble permaneceremos para cumplir nuestros sueños, como las ranas siempre hacia adelante.

Mamá esto no es una despedida solo es una pausa y sé que nos volveremos a encontrar, te amo con locura, no soy perfecto y me he equivocado, no he sido un súper hijo, no soy tantas cosas pero soy otras y esas me hacen una persona cálida, analítica y amada.

Te voy a pedir algo muy personal, que me avises cuando estés en el cielo con Dios y vengas con ese aroma característico de las flores que tanto te gustan y cada vez que me visites o te hagas presente que sea de esa forma, así sabré que estas junto a mí.

Mamá se fuerte como el roble que eres y mantente feliz. Has cumplido tu misión y dejas lo mejor de ti, perdóname si alguna vez te hice sentir mal, tu sabes que Dios nos bendice y nos mantendrá juntos por los siglos de los siglos.

Gracias por tanto, te amo y recuerda que estaré bien.
Tu hijo de sesenta madres.

Le escribí muchas cartas, pero esta es la más entrañable y significo un antes y un después en mi interior, y hoy me tiene aquí siendo bueno y complicado, siendo una persona que ve el lado amable de las situaciones y que no se vence tan fácilmente.  

Quieran, amen y valoren porque todavía tenemos tiempo.





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