Tarántula.
La música invade
aquellos oídos que decidieron en algún momento no escuchar, esa actitud cabizbaja
es la tónica idónea de estos días lluviosos, las ganas parecen terminar porque
no hay motivos que alienten, el semblante no es el mejor y los estragos de toda
esa pesadumbre dan como resultado un aspecto monstruoso. Sufre por amor ese
interior, ruega porque la esperanza vuelva y desenrede todo lo que es una
madeja de torpezas, se lamenta porque no quiere ceder al dialogo y es cuando
aquel rincón es su fortaleza. Adolece todo lo que piensa pues las tardes negras
son las que inspiran a las riñas con su ego inquietante, que no deja que la
humildad entre por ninguna razón.
La tragedia es
inminente, pues su corazón esta partido, después de tantas cartas, tantas melodías,
tantos lugares. La incapacidad de reacción ha secuestrado el alma de un ser que
pretende evolucionar, pero confunde el amor con el apego, y así muchos con tal
de no sentirse solos, buscan sujetarse de lo primero que tientan, simplemente no
quieren caer al pozo de lo desconocido, al vacío de la incógnita, quizá al descubrimiento
de sí mismos. El amor no se soporta y aquel que piensa que sí, termina como una
piltrafa al borde de un caos que revelara historias.
Aquella música llega
al clímax y es cuando aquel ser de aspecto cansado se levanta del suelo para
abrir la ventana y sentir la ventisca que tanto se ha imaginado en su mente, intenta
ubicar de donde proviene tan peculiar canción, desesperadamente mira al
horizonte pero es inútil, se acomoda el reseco cabello, mientras avanza entre
los objetos desordenados, arrastra los pies como señal de darse por vencido, de
repente se tropieza y cae sobre un montón de ropa, comienza a hurgarla y encuentra
las llaves de aquel laberinto.
Pasan las horas, los
recuerdos de aquel amor no cesan. El escuálido ser se pone de pie y comienza a
caminar esquivando todas esas cosas que están arrumbadas en el piso, encuentra
unos fósforos y enciende un incienso de menta, quiere relajarse, mientras busca
dar sorbos a las botellas vacías, el hambre llega y el mal humor es una escala
irremediable, como puede el delgado cuerpo camina hacia la alacena y comienza a
comer ferozmente un poco de pan
molido, que es lo que encuentra entre los escombros de la desolación.
Entre la pesadumbre
de las habitaciones, esa mirada triste hace un hallazgo brutal, que provoca sudoración,
taquicardia, algunas lágrimas, es aquella frágil e indefensa tarántula, fiel compañía
del ente que ahora padece de una fatal depresión, por un momento pensó que el arácnido
había muerto entre los estirones, golpes y trajines, pero ahí está intacta para
devolver un poco de ánimo al fragmentado cuerpo de un ser con serias rupturas y posibles comienzos. La pesadez
parece que se va diluyendo al son de la melodía que se ha repetido unas cien
veces a lo largo de la mañana.
La escoba comienza a
realizar su labor y va limpiando el camino arrojando todo aquello hacia los
lados, abriendo paso para buscar la vestimenta adecuada después de tremenda
granizada, encontrar el calzado adecuado y sobre todo buscar la loción que
perdure para confundir el olor a aflicción y salir a la calle con cierta pose
de gallardía, sonriendo hipócritamente, dando pasos apresurados pero firmes,
todo eso con un fin de amor a la fidelidad del más leal acompañante, esa tarántula
con bordes anaranjados y lindos tonos negros, tendrá que comer, no puede morir por
falta de alimento.
El apego y el amor, son cosas por las cuales sufren
los seres humanos, pero a las tarántulas les da de comer unos deliciosos y
jugosos grillos.
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