¿Qué hora es?
Estas ahí postrado,
te sientes con esencia amorfa, no puedes describir lo que piensas de ninguna
forma. Quieres reventar la realidad a golpes y triturar esas emociones que te
tienen ahogado en un lienzo de rayones difusos, necesitas tiempo para pensar,
pero en la imaginación perturbada el reloj te susurra que solo te quedan
algunas horas para tomar una decisión.
Encuentras un peine
y comienzas a acomodarte el cabello para un lado y para otro, te desquicias
porque no te sientes a gusto con el resultado, tu barba parece lija, tu aspecto
es grotesco para los que te observan, aunque tú sigues sin encontrarte forma. Te
quieres dar por vencido en esta batalla de egos, no quieres pagar con la misma
moneda porque tú sabes que eres leal a tus ideales. No te simpatiza el aire que
respiras, porque todo te parece un fastidio sacado de un frasco de miel cuando
las moscas rondan espantando a las abejas, rompes aquellos recuerdos porque
nadie dará un bledo por ellos y lloras haciendo charcos para hidratarte en un
desierto que cuestiona tu existencia.
Las versiones fluyen
como noticias de nota roja, empiezas a armar el rompecabezas de los argumentos,
hay piezas que no cuadran y te ríes porque no te pueden ver la cara te tonto, después
te asomas por aquella ventana rota y
descubres unas flores frondosas e irremediablemente piensas que se marchitaran
porque así es el ciclo de la vida. Te inmiscuyes en un libro con distorsiones
puntuales para que el tiempo muera poco a poco y tu recuperes esa libertad de
ejercer una toma de decisiones prudente.
Por un momento
piensas aventarte a la fosa que construiste con elementos temibles, pero no te
atreves porque sabes que hay motivos para seguir despedazando este mundo de
vidas cortas. En el aquel espacio reducido encuentras una lupa y caminas unos
cuantos centímetros e inspeccionas los rincones encontrando partículas que te
causan una comezón inexplicable, que te asustan y provocan una taquicardia
espantosa. Corres de tan terrorífica escena
y llegas a lo que parece una especie de patio, donde hay pergaminos con
consignas, con reclamos, con ofensas, con frases violentas, el cielo se torna
rojo, un aroma a hierbabuena reina y una melodía relajante te invita a quedarte
en ese lugar, encuentras cierta paz en medio de todas aquellas palabras
plasmadas que incitan al desorden pero ese efecto placentero te lleva a dormir
sin preocupaciones.
Al despertar te
encuentras en un lugar húmedo y con luz tenue, te limpias los ojos y solo ves
sombras entre un bullicio incomprensible, tratas de buscar la salida pero solo
miras entradas y es cuando reaccionas y sabes que el subconsciente te ha
tendido un trampa para que te des cuenta de lo despiadado de tus pensamientos,
todas esas palabras atroces eran parte de tu coraje y esas sombras son las
interrogantes que te persigues y que en cualquier momento te lincharan al ritmo
de un vals.
Curiosamente encuentras
una escalera y tu esencia amorfa comienza a subir mientras escuchas que el
cielo truena, llegas a la azotea y
brincas de alegría, porque ahí esta una balsa esperándote para poder escapar de
aquello que retienes sin darte cuenta, remas aunque ya no sientas los brazos
hasta llegar a la orilla. Estas exhausto y comienzas a silbar para seguir enloqueciendo
y hallar un fundamento donde sostenerte antes de que regrese el insomnio y
derribe lo que parece fuerte.
Te desilusionas
porque sabes que ahora estas extraviado, te afliges porque no sabes que pasara,
te condenas porque no tuviste otra opción de escape, pero en el fondo te queda
el último impulso para que alguien te responda: ¿Qué hora es? y llegar puntual
a la siguiente cita con el destino.
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