El canto de los niños.

 

El canto alegre de los niños entra por la ventana. Un canto que te hace recomponer el pensamiento trágico y disperso con el que despertaste, te levantas de un brinco de esa silla maltratada por el tiempo, recuerdas que tenías una lista que cumplir y no sabes donde quedo, solo ves cajas, libros, fotos, cuadernos, estas en estado de emergencia.

Esto de la mudanza te esta carcomiendo el alma, no esperabas que fuera en un momento tan sereno y de repente todo se convirtió en un caos, comprendiste que esto no podía esperar más, fuiste corriendo a conseguir todo articulo que pudiese servir para empacar, encontraste una motivación que se había perdido en un laberinto de excusas, de posibilidades absurdas y de sorbos insípidos de razón. En algún momento pensaste que estabas exagerando, pero no, ahí estabas encarando el presente como si se tratará de una revelación.

Esos villancicos retumban en todo tu ser y te revuelcas, pues esas punzadas llegan al corazón, te enciendes como si eso remediara la advertencia, te pierdes en un mundo quebrado y en letras oxidadas. No sabes por donde empezar mientras la blanca navidad de revienta los tímpanos, la franqueza te ha azotado con intenciones catastróficas, repites una y otra vez las promesas, los planes, las encomiendas, los consejos y las aventuras inconclusas. Los peces beben y beben y vuelven beber como si fueran un ruin reflejo de tu torpeza por esos montones de cosas sin sentido, quisieras ver llover, saber que hay un motivo para no salir a la realidad que es aplastante, lloras como si no tuviera remedio este acontecimiento sin escalas.

El canto cada vez se vuelve en una compañía incomoda, no cesa, te pones a cantar como si fueras parte del espectáculo y ya no sabes que guardar en esas cajas viejas, en esas bolsas negras, en esas sabanas que muchas noches se estremecieron en un calor apasionado, volteas para todos lados y comienzas a escuchar un eco. Imaginas que las esferas se ríen de ti y prefieres regresar a la silla que te ha cobijado, que te ha descrito la incertidumbre de una manera cruel, te sientas y percibes un aroma a café, solo es el instinto del recuerdo apresurado, estas en medio de la soledad que te empuja para que esto sea parte del olvido.

Nadie sabe de este tormento, preferiste callarlo para que todo pareciera un paso delicado y discreto. Tarareas el burrito sabanero como si estuvieras en una posada y tomando un ponche, te extravías con la melodía y te das cuenta de que ya no hay nada que rescatar, que esas paredes están tan frías como las oportunidades que se construyeron con ilusión, sigues sin parar moviendo tus dedos sobre el filo del asiento de esa silla cansada de tus tantas tardes de poca inspiración. Se acaba la canción y vuelves a dar un brinco, te levantas y comienzas a separar lo que no te pertenece.

Tocan el timbre y lo ignoras, quieres terminar lo antes posible con este dolor difuso, quieres sentirte en libertad, la ginebra se esta terminando, la mañana se está acabando y las negras intenciones de regalar todo pasan de forma precipitada por tu mente. La nostalgia te invade, te golpea, te bombardea, te deja en entumecido como señal que el invierno esta en pleno apogeo. Din don dan, din don dan y en ese instante decides cerrar la ventana quedando en un descolorido departamento, en un solitario siniestro, en un escombro de historia.

Sin preámbulos entonas de tu ronco pecho esas canciones que duelen, que lastiman y que no dejan una pizca de alegría y es cuando se comienza a extrañar el canto de los niños.

 

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