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Cielo e infierno.

 


Has logrado sentir el amanecer, miras el techo, pareciera tienes una pereza monumental, sigues recostada en esa cama que guarda singulares batallas, ese olor amaderado te invade, estas cansada de imaginar que debes de enfrentar una vez más todos aquellos dichos incómodos, piropos innecesarios, miradas lascivas, pero necesitas el trabajo para lograr ese viaje en pareja que tanto has venido planeando, las ilusiones son inmensas y en el fondo sigues escuchando el despertador que insiste te levantes, te arregles, te pongas ese uniforme y retomes esa actitud para triunfar.

Carlos, madrugo con desesperación, se vistió con lo primero que encontró, te dejo quieta para no perturbar tu sueño, después de una noche de copas, él se sentía culpable, porque te prometió ya no bebería más, que ya no te insistiría en esas peticiones absurdas por sus tontos celos, te prometió que cambiaria, que ya no te gritaría, que te daría el lugar que merecías y que controlaría sus impulsos. Por amor le creíste y en el fondo sabes que hará el esfuerzo para modificar sus arranques, sus berrinches, esas formas grotescas de actuar, lo amas ciegamente, lo respetas y sabes que es el amor de tu vida y lo defiendes sin importar el qué dirán.

Cuando nadie los ve el cielo se convierte en infierno. Dejando de existir las palabras bonitas para entrar en una lucha de poderes constante, en una competencia absurda, en esa violencia que sobaja y recrimina, las flores ahora son duros reclamos, las exigencias son infinitas, no soporta que vueles alto, que tengas reconocimiento, te cuestiona con enojo que como le haces. En pequeños lapsos repites una uno otra vez que el cambiará, que no está pasando por un buen momento, que simplemente comprenderá, que él te ama incondicionalmente. Alguna vez pensaste en dejarlo, porque tus amigas te advertían, pero pensaste que era envidia de una solteronas sin futuro, ese fue el motivo para alejarte de todos, hasta de tu familia que te ha rogado para verte, simplemente dices no tener tiempo.

Han pasado dos horas desde que se fue Carlos. Sigues entre almohadas, resignada a que te descontaran el día, por tu mente armas el rompecabezas, esa última batalla no estuvo llena de pasión, de esos puños brotaba odio, esos golpes estremecían las paredes, no existía cordura en esa mirada perdida y ese aliento etílico se combinaba con el olor a tabaco que se desprendía de las ropas. Te sorprendió y tu pijama se fue arrugando mientras tomabas una posición fetal en busca de tregua.

No te mueves, tu respiración es lo único que se escucha alrededor de la habitación, de repente te tocas el vientre y con delicadeza sonríes. Es una mañana diferente, sabes que algo sucederá, tienes ese presentimiento, tus condiciones son muestra del presagio mientras esas sabanas se están tiñendo de rojo, no puedes gritar, das un giro para caer al suelo, te arrastras, sientes dolor, intuyes tener algunos huesos rotos, recobras conciencia y sabes que no queda tiempo, el frio entumece tu agonizante ser, quedas tendida en esa habitación, deseas que él vuelva para que te auxilie, te pida nuevamente perdón, tus ojos observan fijamente una corbata de Carlos, te estiras, la alcanzas, sutilmente la hueles.

Te quedaste callada, jamás dijiste nada, no quisiste huir, el miedo te atrapo, hacías lo que le te pedía, permitiste tanto, pensaste que no era necesario denunciar, que lo que pasaba no era una amenaza, que esto sería pasajero, ignoraste las señales y pensaste hasta el cansancio que el silencio era lo mejor y ahora la muerte te alcanzo.  Debiste saber que eso no era amor.

 


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