Colosal.
Un grito de gol que
no te interesa, es una efusividad suspendida en tus cinco sentidos, bostezas
como si supieras todo lo que va a pasar en la vida de aquel fulano que camina apresurado
para ver la repetición de la magistral jugada en aquel aparador, te mantienes
quieto en aquella banca que ha sido cómplice de la espera, miras para todos lados
y no hay señales de vida de aquella cita significativa.
La ciudad esta
muerta, once individuos detrás de un balón han provocado el paro de actividades
de millones, las esperanzas están muriendo, las lágrimas ingenuas están cayendo
al suelo, los gestos de descontento siguen acumulándose, las malas palabras
nacen del alma, todo esta trompicando en la búsqueda de algo que por décadas ha
sido imposible, sigues esperando al que podría ser el responsable de tus
cambios soñados y no aparece. Comienzas a dudar de la agenda, del reloj, la
impuntualidad comienza a inflamarte el abdomen, el enojo es evidente en el
rechinar de tus dientes y otro anhelado gol cae y el vitoreo se desborda en tus
más iracundos motivos para maldecir al deporte nacional.
Ya no aguantas más. Decides
levantarte y caminar por la periferia de la alameda y recuerdas todas las
batallas que has vivido, te desparramas en aquel momento, cuando te reventaste
el ligamento y tuviste que retirarte, se te enchina la piel, estabas en tú mejor
época, tenías pocas semanas de haber debutado a nivel profesional y sucedió lo
que jamás pensaste, desde ese entonces el fútbol se convirtió en un cielo
nublado en tu andar, terminaste vendiendo departamentos. Hoy pensabas alcanzar
el máximo de ventas, no recordaste que era el partido decisivo de una selección
paupérrima y mediocre, volteas al asfalto y solo niegas con la cabeza lo que el
presente te ofrece, quizá si no hubiera ocurrido aquella desgracia tu serias la
diferencia, serias ídolo, serias el protagonista de la historia que hoy tiene al
país entero en vilo.
Te vuelves a sentar,
abres aquel portafolio maltratado por el paso del tiempo, sacas el cuaderno de
apuntes y descubres que la hora de la cita está equivocado, tus garabatos
indican que es hasta las tres de la tarde, las tripas te hierven, corres sin
control hacia aquel aparador, los tiempos extras se están jugando y te ríes en
medio de una multitud nerviosa, no sabes que sentir, que pensar, estas molesto
por la falta de organización que tienes, aquella emoción se va calmando al son del
bullicio y regresas a ver en aquella enorme pantallas el desenlace del partido.
La tanda de penaltis,
la maldita fortuna. La estrella del momento dispara con fuerza y falla de forma
abismal, el silencio es profundo, el portero consagrado hace su aparición, y sin saber de qué manera, detiene el tiro del fornido francés, en un
duelo parejo, se llega al penalti decisivo, alguien por la espalda te da una
palmada, ignoras con soberbia y te pierdes en la emoción colectiva, aquella cabellera
negra del arquero se mueve sin miedo, de una forma incomoda la mano izquierda desvía
el balón hacia el poste y el momento soñado hace que todos corran, se abracen,
se desmayen, tu rostro se deforma estas llorando, ahogas el grito y de repente
vez a tu cliente que estaba a tus espaldas brincando, no puedes creerlo, hoy es
un día glorioso cuando parecía que todo terminaría en tragedia.
Llegas a casa y
buscas de inmediato ver la repetición del partido, de aquel saco arrugado sacas
el cheque de la venta y ahora si gritas sin restricción, lloras y bailas, te
reconcilias con el deporte que por años maltrataste, hoy sabes que todo es
posible simplemente debes dejar fluir la ecuación de la existencia, alguien con
intención colosal la resolverá en el momento indicado.
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