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Es la última noche del año.

 

Tus ojos me descomponen en un día frío y me condenan a la espera que sin duda es larga. Entre cientos de personas te pierdes y es complicado hallarte entre la bruma de pensamientos ególatras, quizá brilles, pero la obscuridad de todos esos entes te observa con cierta envidia mordaz, me inspiro para recordar el icónico momento en el que estabas contemplando la luna, te imagino cuando escuchas esas canciones que cautivan los sentidos y hablas de tus sueños. Caigo en el vértigo y me cobijo con la paciencia, no idealizo, ni alimento las expectativas, solo te pienso sin ataduras y sin prisa.

Es la ultima noche del año. Podría hacer mil promesas, pero prefiero recordar todos los momentos vividos y quiero que el tiempo haga su travesura, necesito un poco de aquel instante, quiero volver, solo susurro a la nada y la verdad destella entre los ventanales que vibran como si respondieras. La locura me estropea el anhelo, pero la calma me da una pizca de dopamina y regreso con entusiasmo y euforia, me desgarro el alma con solo amplificar aquel discurso sin sentido, el abandono es una historia de generosidad que hoy cuento sin problema, desentierro mi esencia detallista y la pongo en práctica porque así lo dicta el corazón.

Te miro con esa camisa que te hace lucir como una deidad, pensaras que exagero, pero mis conocimientos en belleza no mienten, eres un ángel esculpido, es posible que no lo creas, quizá me ignores, quizá no te importe, pero en el fondo de mis entrañas hay una efervescencia inusual que hace que me levante y te vaya a buscar por las calles de una ciudad desierta, por esos rincones coloridos, por esas inestables ráfagas, ahí estoy contrariado y esperanzado, te miro y de repente te esfumas como si fueras una lluvia inesperada, un calor intermitente, un aroma efímero. Tus ojitos son luciérnagas que se escabullen y hacen que sienta cosquillas donde la memoria estaba somnolienta, son flechas que hieren a la negación y estimulan lo que parecía perdido.

Solo faltan diez minutos para que termine este año y ahí estas volcado en la emoción, no quieres saber de las tristezas, evitas las lágrimas, te aguantas las ganas, te comes los gritos y piensas en ese cielo estrellado, no quieres perder en este juego, llevas las cartas ganadoras, solo es cuestión de creer y comprender que el destino es así. Ganaste infinidad de batallas, te atreviste a procesar las estrategias más complicadas, decidiste amarte, te quedaste en una soledad encantadora y ahí descubriste que hay latidos verdaderos y elocuentes, mientras yo del otro lado del tablero espero escuchar el respirar de tus creaciones y tus aseveraciones increíbles, abro todas las puertas, arranco todas las flores y repito mis decretos.

Quedan sesenta segundos y tienes en tus manos todas las posibilidades. Mis dientes parten esas uvas, beben ese vino y estallan las ilusiones placenteras entre la lengua y el deseo, ahí es cuando apareces como un rayo potente que paraliza todo por segundos y después haces que mis sentidos intuyan que vienes en camino, que abrazas mis instintos, que me atrapas en una burbuja de regocijo.

Ahora ya es año nuevo y tus ojos cristalinos se extravían con las repetidas campanadas. Yo estoy esperando a que mi imaginación no me engañe y me regrese la divinidad con la que percibo las energías, agradecemos por el inicio de un año que estará lleno de sorpresas, realidades y de decisiones precisas. La sonrisa es permanente, la claridad es obvia, la distancia es corta y sigo descompuesto por el gusto de tenerte en mis aglomeraciones mentales, en esas tardes infinitas.

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