El subterráneo.
La multitud te cubre
de pies a cabeza con todas esas plegarias que necesitan expresar en el largo túnel
abandonado donde se escucha el clamor de la libertad y la victoria, cuestiones
que han quedado en deseos y en propagandas insultantes, todos quieren llegar a
tiempo a sus destinos grises, quieren sentir esa adrenalina que los hace
reaccionar ante el opaco amanecer que les saluda. Decides quedarte en el subterráneo
a pensar en esas posibilidades que estropean tus cualidades y horizontes,
necesitas un espacio que te aleje de la efímera sonrisa falsa de aquella señora
que te sirve el café insípido, quieres evitar las consignas del viejo que pensó
que su presente seria diferente y vive del glorioso pasado, solo quieres ver
como las ratas escapan cuando escuchan ruidos amenazantes.
Aquí en el subterráneo,
un refugio de historias de amor clandestinas, de erotismos incesantes, de actos
atroces, aquí donde existe el robo de ilusiones y se incuban las torpezas de todos
aquellos que se creen superiores, es ahí donde registras todos esos
acontecimientos que te han convertido en un retraído, en un miedoso, en un
personaje de lardos atuendos, te disgusta que te miren a los ojos, te sientes
acosado, perseguido, pero es inevitable y es por eso que te has adueñado del
pasillo de la estación, tienes la esperanza que de un vagón salga el amor incondicional
y eterno, tienes años esperando por ese suceso, quieres experimentar esas
sensaciones que te han contado los que se atreven a salir a inspeccionar el
mundo real.
Te escabulles cuando
el hombre de traje azul marino aparece, temes que te interrogue y no sepas que responder,
en tu vaga perspectiva crees que es un ogro, pero simplemente hace su trabajo,
hace sus rondines cada dos horas, en el fondo el sabe que siempre estas ahí, que
no causaras peligro, que eres una presencia necesaria para que esto funcione. Tus
pasos acelerados van de un extremo a otro, sabes que pronto llegara el tren de
las siete con cinco minutos, quieres ver como entre la muchedumbre esta esa energía
que te vuelve un héroe sin reconocimiento, un ángel incendiado, un fragmento de
estrella fugaz, quieres ver como aquella estola se mueve de un lado a otro, esos
labios pintados de verde, esos cabellos rosados, esos grandes zapatos, quieres
alegrarte la mañana viendo al payaso que todos los días te saluda a la
distancia con un silbido, pero el tren llego y se fue, esta vez no bajo
haciendo su clásica rutina. La tristeza te invade, la confusión te retuerce el
alma, no sabes que le ha pasado, te preocupa, te hace caer en una desesperación
inaudita. La tarde te alcanzo en medio de un hambre descomunal, tampoco viste a
la jovencita rubia que te regala siempre un paquete de galletas de chocolate, la
noche regresa con un ligero impulso de olvido, parece que hoy no fue un buen día.
Hace días que no
sales del subterráneo. Te sientes cómodo y la mugre te va transformando, el
humor te va cambiando, tus ojos ya no brillan y los trenes pasan de manera inconstante.
Piensas que es mejor quedarse aquí, que no quieres improvisar la huida, sigues
la rutina y esperas con paciencia, sabes que muchos no volverán y que subir a
la cotidianidad es arriesgado, sabes que serás un desconocido, prefieres seguir
esperando a que alguien te diga que te extraña, quieres engañarte, quieres
prosperar en una farsa inminente.
De repente llega el
tren de las ocho con quince minutos ves al payaso y a la jovencita besarse. En ese
momento te han removido las entrañas y quieres salir a la superficie, quieres
sentir unos labios, bañarte, rasurarte, lucir como nuevo, pero es muy tarte
porque quien te invento ha muerto, te has quedado atrapado en ese tétrico subterráneo
y tendrás que soportar un adiós inesperado.
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