Cuando algo anda mal.

 

Despierto nuevamente en esta habitación obscura, desordenada y húmeda. No entiendo que está pasando en las calles, no sé qué es lo que sucederá, la rebeldía social sigue creciendo y estoy aterrado, estoy atrapado, no sé si puedo salir y hacer mis actividades de forma puntual. El dolor de muela se hace presente y me retuerzo, tengo miedo de que la situación sea grave, hace seis meses que comenzó la molestia y la ignore, debí ir con el odontólogo y darle solución, pero preferí las noches de desahogo carnal y mantenerme en las mentiras repetitivas.

Ahora que todo esta paralizado, tengo que vivir con la calamidad bucal, no tengo idea de cuando podre escapar, me he dado cuenta de que los alimentos escasean, que la desesperación es incontrolable y que esta se acrecentó al enterarme en las noticias que el presidente ha huido, que el ejercito esta reclutando hombres para combatir a los desquiciados para evitar que se apoderen del congreso y otros puntos estratégicos, el miedo me ha dejado tundido y me ha anestesiado. Este dolor de muela ha desaparecido e intento localizar a mis familiares, pero todo comienza a fallar, no sé qué hacer y recurro a encerrarme en el baño para encontrar respuestas.

A lo lejos se escuchó los servicios se emergencia, me asomo por el balcón y veo en el horizonte algunas fumarolas, algunos jóvenes corren angustiados y se perciben una docena de disparos, sé que esto no esta bien y de repente creo que es una maldita broma, aunque las escenas televisivas son crueles y certeras. El dolor regresa y sé que tendré que soportar, que serán días largos y que la administración debe ser fundamental para sobrevivir, no hay otra salida a la tragedia de un país devorado por el poder tirano y el enojo social. Hace tres semanas la mayoría festejaba las modificaciones a la constitución, alardeaban al gobernante, daban por hecho que el sexenio iba por buen camino hasta que la oposición descubrió la corrupción innegable y la atmosfera se torno violenta.

Los burócratas salieron a tomar las calles, a protestar por aquello que realmente les afecta, invadieron las avenidas para exigir respeto y pedir cuentas claras, ellos también desde cuando padecían ciertos dolores y no hicieron caso, ahora que la desgracia es enorme quieren tapar el agujero con un dedo, quieren encontrar el analgésico adecuado, pero es tarde, todo estaba planeado desde hace muchos meses y parece que los golpes seguirán partiendo lo que parecía inquebrantable. El hartazgo comienza a despertar y los síntomas de descomposición están a la orden del día. Todos los ciudadanos están encerrados en sus casas, nadie puede salir, los valientes siguen alzando la voz, muchos han quedado rendidos, ya no se sabe la razón por la que luchan, ya todo es confuso, es una masacre.

El presidente ha huido, todos los actores políticos están extraviados. La irritación penetra como un dolor de muelas, nadie quiere salir a dar la cara, la vida ya tomo un camino áspero, estamos muriendo sin saberlo, esa es la responsabilidad que hay que asumir por ignorar lo que se estaba gestando en el interior de esos que decían que los mejores años estaban a la vuelta de la esquina.

Intento masticar la última manzana que me queda, intento saborear, disfrutar, mientras informan que la ayuda de los aliados viene en camino, desconozco cual será el desenlace, lo único que sé, es que iré por aquellas pinzas y me arrancare la muela, quiero ver como la sangre brota y el dolor me hace gritar, quiero reflexionar y entender que cuando algo anda mal hay que atenderlo desde el primer momento, desde el momento que sospechamos que algo no anda bien.

Tomo las pinzas, las meto a mi boca y en ese preciso momento alguien toca la puerta y mencionan mi nombre completo.

 

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